Vivir en Colombia es un poco andar por la vida cargando una maleta que se va llenando lentamente de duelos y dolores. Esta semana recordamos a dos de esos muertos que están en la cuenta de todos los que pasamos de cierta edad y que son parte de nuestra herencia colectiva de tragedias. Es seguro que si los vivieron, hoy recordarán dónde estaban y qué hacían cuando mataron a Jaime Garzón en la madrugada del 13 de agosto del 99 o a Galán 10 años antes en esa trágica noche en Soacha en 1989. A ellos cada quien les suma sus propios muertos, los que le tocaron cerca: el pariente, el vecino, el conocido, el amigo, el compañero de universidad. Sumamos también los muchos más que se quedaron sin identidad en las masacres que recordamos con unas palabras que dejaron de nombrar lugares: La Rochela, Mapiripán, El Aro, La Gabarra, Pueblo Bello, Bojayá… Hoy sumamos también la lista de líderes que crece todas las semanas, como antes incluimos los que dejó la Violencia, esa que se escribe con mayúscula.
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La maleta pesa cada vez más y los dolores se asientan en algún rincón del cuerpo o del alma para dejarnos vivir, aunque de tanto en tanto los fantasmas se escapen para rondarnos. Y cuando lo hacen nos hablan, nos miran y hasta parece a ratos que nos reclaman desde el más allá. Yo tengo mis muertos y los invoco a veces cuando, como en estos días, los duelos colectivos nos convocan. Creo que aprender a escucharlos y también a olvidarlos a ratos es una estrategia para seguir vivos.
Contar muertos es parte de nuestra identidad, de lo que somos. Mantenerlos vivos en el recuerdo, el único lugar posible para tantas vidas truncadas, es una manera de hacer catarsis. O tal vez es una perversión social, pero en estos aniversarios insistimos todos en revivir los detalles de las historias que pasamos con ellos. Así intentamos mantener ese lazo pequeño o grande que nos ató a esos que se fueron. Volver a vivir el dolor año tras año es una manera de evitar que se repitan los episodios de violencia, dicen algunos. Aunque no lo hemos logrado y seguimos repitiendo la historia, sumando muertos a la maleta que cargamos.
Esta semana la vida se ha llenado de las mil voces de Jaime Garzón, un genio a la hora de interpretar la realidad. Tan brillante era que muchas de sus historias parecen escritas para hoy porque lograba entenderlas más allá de la anécdota pasajera, mirando el fondo de nuestros eternos problemas. Garzón construyó personajes que sentimos de carne y hueso porque los trajo de la calle y convirtió la sabiduría popular en sátira política para reírnos de las desgracias porque ese es otro sello de nuestra identidad que por fortuna seguimos cultivando: hay que reír, hay que seguir porque no hay otra manera de sobrevivir. Y comienzan a sonar también los discursos de Galán. El hombre que encarnó la esperanza de un momento murió como había sido vaticinado, porque eso es también parte de nuestra condena: la muerte se anuncia… y llega.
Han pasado tres décadas desde la muerte de Galán, dos desde la muerte de Garzón y la depresión es inevitable para quienes relatamos esas muertes y seguimos día tras día contando las de hoy. Es claro que no todo es tiempo perdido. Algo va de las masacres masivas con motosierra a nuestra violencia de hoy. Hay vidas que se han salvado, hay alivios, hay mejoras, pero el círculo no se cierra. Inevitable pensar que estar vivo en Colombia es sentirse sobreviviente eterno de una tragedia. Por eso, tal vez, nos toca reafirmar que estamos vivos: nos reímos, nos burlamos, seguimos y también vamos contando nuestros muertos mientras arrastramos esa maleta que pesa y pesa. Hay que vivir para recordarlos, para que no mueran del todo mientras quede alguien que los recuerde.
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