El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Más allá de Trump

Yolanda Ruiz

13 de enero de 2021 - 10:00 p. m.

Cuando cancelan las cuentas de Donald Trump en las redes sociales estamos ante la punta de un iceberg que va mucho más allá del líder que amenaza la democracia en su país y en el planeta. Algunos protestan porque consideran que hay censura, otros aplauden porque Trump estaba violando leyes al incitar a la violencia. Entre los dos extremos, algunas claridades y muchas dudas porque al final Trump es en buena parte un producto de las comunicaciones de hoy, de los medios y de esas redes que primero lo elevaron y ahora le cierran la puerta.

PUBLICIDAD

Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO

¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar

Los dueños de Twitter argumentan que el episodio del Capitolio mostró que el presidente estaba promoviendo la violencia y de esa forma estaba violando las leyes de su país y las normas de la red social. Desde ese punto de vista no se puede hablar de censura porque la libertad de expresión tiene límites y no es absoluta. Sin embargo, me pregunto: ¿cuándo comenzó Trump a violar las normas de Twitter y las leyes de su país? Su candidatura misma se hizo cabalgando sobre los mensajes de odio detrás de los cuales viene una explícita o velada incitación a la violencia. En ese momento redes sociales y medios de comunicación le dieron todo el espacio. Estaban fascinados con ese verbo incendiario que disparaba al candidato y también los indicadores de audiencia. Luego se vio el tamaño del monstruo y Twitter comenzó a poner frenos hasta que finalmente, ante los cadáveres en el Capitolio en Washington, le cerraron la cuenta.

Es bueno subrayar que el derecho a la libertad de expresión se debe proteger, pero, como bien lo dijo en nota editorial El Espectador, “defender la tolerancia no significa defender al intolerante, en especial si atenta contra las libertades fundamentales”. Hay límites. En Colombia, por ejemplo, no se puede calumniar aunque las redes están plagadas de calumnias. ¿Tiene la justicia la capacidad de atajarlas? ¿Pueden hacerlo las plataformas? ¿Quieren hacerlo las plataformas? No podemos olvidar que, aunque prestan un importante servicio público, las redes son un negocio privado que se alimenta, entre otros insumos, de personajes como Trump.

En otras oportunidades, en este mismo espacio, he planteado las inquietudes que despierta la autopista digital por la que fluyen los mensajes que apelan a las emociones y no a las razones. Esas redes y las masas de seres humanos que no entienden el poder de un clic crean influencers y también ayudan a llevar al poder a líderes como Trump.

¿Entonces hay que censurar? No. Se debe proteger la libertad de expresión para que cada quien diga lo que le dé la gana y pueda, si quiere hacerlo, incomodar y hasta insultar si lo desea. Lo que no se puede es violar la leyes o el derecho internacional. ¿Y quién pone el freno? ¿Con qué intereses y en qué momento el dueño de la red considera que alguien se sobrepasa? Es lo que falta entender porque los criterios de lo aceptable y lo censurable suelen cambiar según el color y el interés de quien tiene el poder. Leía en estos días, en la extraordinaria serie del periodista Alberto Medina sobre libros censurados, que El principito fue un libro quemado en tiempos de la dictadura en Argentina.

Al cerrar las cuentas de Trump queda en evidencia el inmenso poder que tienen hoy los dueños de las redes sociales: deciden qué se dice, qué no se dice y cuándo se dice en unos escenarios que son hoy el ágora de debate por excelencia. Hitler describió muy bien en su época el poder de la propaganda de masas y supo usarlo. Twitter y Facebook elevaron ese poder a niveles que nunca hubieran imaginado en esa época. La paradoja es que las redes dieron a todos una posibilidad para expresarse y eso hay que celebrarlo y defenderlo, pero son los extremistas quienes mejor entienden lo que pueden lograr con esa herramienta eficaz y los algoritmos son sus aliados. Caminamos por el borde del precipicio.

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.