Muchas voces indignadas frente al recibimiento que le ofrecieron a Bernardo “Ñoño” Elías en Sahagún, Córdoba. No es para menos, aunque el asunto no es simple y la reacción popular tiene fondo: es la historia de la política regional, la de los clanes, los gamonales, los que “roban, pero hacen” en una fórmula mágica que los convierte en barones políticos adorados por sus bases y anhelados por todos los candidatos. El “Ñoño” llegó en medio de caravana, pitos, carteles, aplausos. Regresaba de pagar cárcel por haber cometido varios delitos y sus seguidores no ven eso como un problema, ven las obras que logró para la región y eso no es poco porque si hay algo que padecen cientos de municipios es la ausencia del Estado.
La reacción popular tiene esa explicación: si son corruptos no importa mientras hagan algo por el pueblo. Es una respuesta de sobrevivencia frente a otros delincuentes políticos que roban todo y no hacen nada por la gente. Es explicación, pero no justificación porque en el ideal lo razonable sería que las sociedades sancionaran de manera clara a los delincuentes, pero no todo es tan sencillo cuando se habla de lo que pasa en la política. Para los pueblos, la acción del Estado y sus representantes debe ser concreta y clara. Es una transacción: si se da apoyo a un político debe haber respuestas, se debe recibir algo a cambio y los populistas que delinquen por allí y hacen obras por acá quedan como el pecador que si peca y reza empata… en realidad, siempre gana.
El “Ñoño” sale en tiempos de campaña y su grupo ya da respaldo a un candidato a la gobernación de Córdoba: Gabriel Calle Aguas. Es el mismo que ha recibido el apoyo del Pacto Histórico. Dicen que la política es dinámica. Mientras se critica a los ciudadanos por aplaudir al delincuente excarcelado, algunos de los que critican hacen pactos para ganar elecciones invocando el cambio para que todo siga igual.
Eso sí es más difícil de explicar. Es el todo vale de la política que compra y vende respaldos y abrazos en tarima a cualquier costo. Ética y política no suelen ir de la mano. El objetivo es el poder y cómo lograrlo no es un problema. Muchos de los políticos que dicen luchar contra la corrupción de dientes para afuera buscan el apoyo de los “Ñoños” de todas las regiones porque existen con mayor o menor visibilidad por todo el país.
El condenado y ahora libre Bernardo Miguel “Ñoño” Elías fue pieza clave en la elección de Juan Manuel Santos y tuvo cuota importante en su Gobierno. Por eso terminó metido en el escándalo de Odebrecht: movió hilos, traficó influencias, recibió sobornos y al final tuvo que enfrentar a la justicia. Algo que no es usual porque no todos los políticos que han hecho de la corrupción su fórmula de vida son condenados. Aunque se sabe de sus andanzas, muchos siguen moviendo los hilos de la política regional y nacional sin ruborizarse, sin temor alguno, sin que nadie los ronde. Y cuando la prensa no cede a sus invitaciones y prebendas para hacer su trabajo investigando y denunciando, hay persecución y censura. Para la muestra, un libro cancelado en la puerta de la imprenta por estos días.
Los votos que manejan estos personajes son un botín apetecido y hacen alianzas con el mejor postor para seguir creciendo y de paso comprar impunidad. Son políticos cercanos a la gente, que conocen sus necesidades, su manera de vivir, que le hablan en su lenguaje, que conectan con los más humildes, que gestionan algunas obras mientras engordan su feudo y sus bolsillos. Personajes que saben cómo se hace la política: en los cocteles en Bogotá, en la parranda popular, en la tarima de una plaza, con tráfico de influencias, con corrupción y captura del Estado en beneficio particular. ¿Habrá otra manera de hacer política?