A los periodistas nos conviene hablar de periodismo y hacer en el gremio reflexiones sobre los errores que cometemos y sobre la diversidad de líneas editoriales que pueden y deben convivir en una democracia. Si alguna vez pensamos que la prensa era una sola, es claro hoy que el unanimismo ni existe ni es deseable. En paralelo a la ola de matoneo contra medios y periodistas que es una amenaza peligrosa y frecuente, en las últimas semanas se abrió en el gremio un debate serio que celebro porque nos permite crecer. Ese debate confirma una vez más que la tal objetividad que nos piden no existe y que detrás de todo medio grande o pequeño, tradicional o nativo digital, hay líneas editoriales que nos hacen informar y opinar desde un lugar. Eso no significa que no haya compromisos éticos.
El periodismo colombiano ha puesto una cuota inmensa de sacrificio para informar como debe ser. El doloroso caso del joven colega Mateo Pérez Rueda nos recuerda ese costo. Por esas vidas perdidas y por lo mucho que el periodismo ha servido a la sociedad, hoy tenemos que ser capaces de discutir nuestras diferencias. Las distintas miradas ideológicas que hoy se enfrentan en el país no son ajenas a un gremio que nació de la mano de los partidos políticos. Todos los medios de comunicación tienen posiciones definidas e intereses. Son de derecha, de izquierda, confesionales, feministas… Y desde cada posición se puede hacer mal o buen periodismo. La clave es cumplir las normas éticas del oficio y hay que hablar de eso.
Hay que discutir sobre la financiación de los medios, los intereses cruzados, las líneas editoriales que a veces llevan al activismo político. Hay que hablar de la calidad del trabajo, del rigor en una investigación, del contexto que hoy se pierde con frecuencia. Hay que hablar de la mezcla de información y de opinión, y de la necesidad de transparencia. El reto es hacerlo sin que sea una guerra de posiciones políticas en la cual el oficio mismo se afecte y se vulnere el derecho ciudadano a la buena información.
Debemos recordar que la libertad de prensa tiene límites y que las malas prácticas no se pueden amparar en ese principio que es sagrado por la responsabilidad que implica con la sociedad. La protección que nos da la Constitución no es licencia para mentir, injuriar, calumniar o contar verdades a medias que son una cara oculta y tal vez la más peligrosa de la desinformación. Por eso, necesitamos la revisión de los pares, el debate sensato y serio, la crítica de medios, el fact-checking… De todo eso hay que hablar en voz alta y sobre todo llevar esa conversación al día a día de las salas de redacción, sin importar la línea editorial que se tenga.
No hay periodismo en abstracto; no hay verdades absolutas, aunque todos los días nos exijan decir “la verdad”. Hay hechos y debemos apegarnos a ellos con la mayor fidelidad posible verificando cada detalle y ofreciendo los elementos de contexto. Hay también interpretaciones porque todo puede tener más de una mirada. Cuando se reconoce que la línea que se tiene no es la única, se hace mejor periodismo. Cuando no se tergiversa para confirmar un sesgo se hace mejor periodismo. Es obligación ética entender que en el pluralismo se fortalecen nuestro oficio y la democracia. No es sencillo tomar distancia de los prejuicios, pero hay que intentarlo. En estos días leo con atención las cartas cruzadas en el gremio, las columnas que analizan investigaciones y las que nos llaman a la reflexión profunda cuando el entorno digital llama a la frivolidad. Escucho interesantes debates de colegas que reflejan el oficio en su complejidad y pluralismo. El periodismo está vivo y atraviesa un momento retador e interesante. El matoneo es muy visible y toca seguir la batalla contra él, pero también es bueno enfocarnos en lo mucho que tenemos por depurar, aprender y corregir. La sociedad, por su parte, debe entender que el buen periodismo está ahí como guardián y veedor. Incomoda porque la tarea no es confirmar a nadie su prejuicio.