Mientras en Caracas almorzaban los presidentes de Colombia, Gustavo Petro, y de Venezuela, Nicolás Maduro, seguramente alguien en una trocha de la frontera intentaba seguir exprimiendo el negocio ilegal que floreció en los años de cierre. Aunque ya se restablecieron relaciones, es difícil borrar de un plumazo y por decreto las economías ilegales y los muchos problemas que se asentaron ante la ausencia de un Estado que abandonó a su suerte una extensa frontera. El presidente Petro lo denunció cuando dijo que, a pesar de la reapertura, “la economía sigue pasando por la trocha”. Coser las relaciones rotas y reparar los estragos no será sencillo. Por eso, más allá de lo simbólico, los honores militares y la foto, el encuentro de los presidentes era una cita clave para los dos países.
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Como diría la “filosofía pambeleana”: es mejor tener buenas relaciones con los vecinos que tener malas. El presidente Gustavo Petro lo resumió diciendo que “separar nuestras naciones es una aventura suicida”. Colombia no podía seguir con su frontera más extensa y viva cerrada. Sin embargo, conviene al presidente Gustavo Petro mantener la distancia suficiente para poder condenar las violaciones a los derechos humanos en Venezuela y no justificar con su cercanía a un Gobierno que ha perdido el norte democrático, persigue a los opositores, cierra medios de comunicación y ha generado tal clima de crisis económica y social que ha empujado a millones de personas a escapar. Muchas de ellas han encontrado en Colombia un refugio, una esperanza o… una condena porque su condición de migrantes los ha hecho vulnerables a pesar del Estatuto Temporal de Protección que diseñó el Gobierno de Iván Duque y es ejemplo en el mundo.
Mientras hablaban los mandatarios, también en algún rincón de la frontera, de ese lado o de este, se movían hombres armados de grupos ilegales que no tienen líneas fronterizas para sus acciones. Mientras los presidentes caminaban por el Palacio de Miraflores, en las cárceles venezolanas más de 200 presos políticos seguían en condiciones precarias a la espera de libertad y justicia.
Desde su elección el presidente Petro dejó clara su decisión de restablecer plenamente las relaciones con Venezuela que estuvieron rotas por completo durante todo el gobierno de Iván Duque. El cambio es total: se reabre la frontera, vuelven los embajadores, los vuelos, el comercio… y los presidentes se encuentran. Y es que Venezuela es parte sustancial de proyectos prioritarios del presidente Petro: por allí pasa la paz total no solamente por los diálogos con el Eln sino también por la mediación que puede ejercer Maduro para acercar a otros grupos ilegales asentados en zona de frontera. Venezuela es también clave en el proyecto regional que busca liderar Petro en defensa de la Amazonía.
Los retos de la reapertura son inmensos: lo primero es recuperar la institucionalidad y dar a la frontera un movimiento regular desterrando a los delincuentes. El comercio bilateral debe tener un empujón y ya se anunció una reunión de empresarios. La crisis de migrantes, aunque desde la Cancillería no la llamen así, es también prioritaria. Y no se trata de reabrir heridas cuando se intenta curarlas, pero conviene recordar que cientos de colombianos fueron expulsados de Venezuela y a muchos les marcaron sus casas en un acto de discriminación que fue un punto de quiebre en las relaciones. Ahora conviene pasar la página porque el daño de la ruptura es grande. Todos los departamentos fronterizos han vivido la crisis, los colombianos en Venezuela quedaron abandonados, se perdió un socio comercial clave, se abrió espacio a los ilegales y la migración se volvió una pesadilla. La diplomacia existe para convivir en medio de las diferencias. Es positivo el retorno de las relaciones y el encuentro de los presidentes, pero que Colombia sea también firme en la condena a los excesos de un Gobierno que reta a la democracia y viola derechos humanos.