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No debería quedar espacio en este país para que ningún candidato ni líder político diga que algo, lo que sea, se conseguirá “por la razón o por la fuerza”. Eso debería encender todas las alertas. “Por la razón o por la fuerza” es la lógica que ha estado en el fondo de nuestros martirios porque siempre alguien creyó que había que imponer las ideas por la fuerza. No importa si el objetivo es noble o vil, cada vez que se ha invocado la fuerza lo que ha seguido es sangre y muerte. Es esa lógica de creer que es imposible tramitar las diferencias por la vía de la razón la que nos ha mantenido en una guerra que baja y sube en intensidad, que muta y cambia, pero no se acaba. Y aquí estamos otra vez.
Podría citar muchas razones para preocuparme por tener a las puertas de la Casa de Nariño a un candidato que invoca la fuerza como amenaza. Podría hablar de su machismo, de las denuncias de sus clientes, de su trabajo para la mafia, de la persecución judicial a la prensa. Podría hablar de ética, pero me basta esa frase que nos pone otra vez en el círculo vicioso de nuestras violencias. “Por la razón o por la fuerza” fue la lógica que empujó a quienes se levantaron en armas en los años 60 y 70. Convencidos de que no habría respuesta por la razón eligieron armarse, buscar el poder por la fuerza. Y fue a la fuerza como se tomaron pueblos, desplazaron comunidades y secuestraron a cientos a quienes mantuvieron tras alambres de púas en la selva. Muchos de esos secuestrados murieron en cautiverio. También los paramilitares, alimentados por los dineros del narcotráfico, escogieron la fuerza y se enfrentaron a la guerrilla para “imponer la ley” sin matices, sin límites ni condiciones. La fuerza de la motosierra, la del miedo. Unos y otros, por la fuerza, reclutaron niños, violaron mujeres, arrasaron pueblos, alimentaron la política.
La elección de la fuerza sobre la razón fue lo que estuvo detrás de las masacres, del despojo de tierras, de la muerte indiscriminada, de los desaparecidos. La elección de la fuerza fue la lógica que impulsó a militares a asesinar jóvenes fuera de combate para presentarlos como falsos positivos porque “no estarían recogiendo café” y todo se vale por la fuerza. Por la misma lógica de la fuerza centenares de colombianos han sido desplazados, otros han tenido que huir al exilio para sobrevivir. “Por la razón o por la fuerza”, una constante durante más de 200 años de historia. Los actores de las guerras cambian; cada uno invoca sus “justas” razones con la misma lógica de su enemigo: el otro merece morir, desaparecer, ser extraditado o desterrado. Así buscan imponer por la fuerza, las verdades o los intereses de un sector. Son demasiadas viudas, demasiados huérfanos, demasiado dolor para que a estas alturas sigamos creyendo que se puede llegar al paraíso de la mano de salvadores que amenazan con imponerse por la fuerza.
Y estas tempestades se cosechan hoy porque también se han sembrado muchos vientos desde la Casa de Nariño en estos casi cuatro años. Desenvainar la espada, mover odios, vomitar desprecio, levantar una bandera guerrillera en vez de la Constitución que esa guerrilla desmovilizada ayudó a redactar. Insistir en los errores, no sumar, no escuchar, no pensar, tapar logros sociales con gestos autoritarios… Agudizar las contradicciones sirve para agitar a los seguidores y también para radicalizar al otro que amenaza con la fuerza. Hay violencia en el ambiente. Otra vez.
Entre la fuerza y la razón, siempre elijo la razón, aunque todo esté en contra, aunque sean tiempos de tormentas, de incertidumbre y de rabia. El miedo no puede ser lo único que nos mueva. Gane quien gane, ojalá podamos tramitar el resultado con la razón y no con la fuerza. Que no gane la violencia y que entendamos que el otro tiene derecho a existir y a pensar de otra manera. El otro puede ser su hijo, su padre o su madre, su vecino, su amiga de siempre. Mejor no vestirlo de enemigo.
