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¿Qué más puede pedir “Mordisco”?

Yolanda Ruiz

19 de abril de 2023 - 09:05 p. m.

Si un diálogo salva vidas, bienvenido siempre. Necesitamos recuperar el valor de la vida, de cada vida, para detener una guerra que justifica los muertos según el bando que se mire. No obstante, ante la imagen de Iván Mordisco, que volvió de “la muerte” rodeado de hombres y mujeres en armas y cientos de civiles en los llanos del Yarí, saltan preguntas: ¿Por qué no quisieron firmar el acuerdo que se hizo con las FARC? ¿Qué más se puede pedir en una mesa de diálogo? ¿Estarán dispuestos a dejar las armas esta vez? ¿Tienen interés en la paz o buscan fortalecerse? ¿Por qué no habíamos notado el tamaño de este nuevo “ejército” organizado? ¿Es tan grande y poderoso como se vio en los llanos del Yarí o montaron un espectáculo para llegar fuertes a la mesa?

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Muchas preguntas y ninguna certeza, salvo esa de que buscar la paz siempre es un objetivo plausible, aunque esa paz se esconda en los vericuetos de nuestra realidad. Es una condena que tenemos en este país de guerras y ejércitos que mutan, se superponen, se dividen, se juntan, se desmovilizan, se matan y resucitan. Iván Mordisco y su falsa muerte es una alegoría de lo que pasa con las violencias que hemos querido erradicar: no mueren del todo, se ocultan, se rearman, se alimentan de nuestros males, crecen, se multiplican y… siguen ahí.

Este grupo, que ahora recibe el reconocimiento político del Gobierno de Gustavo Petro bajo el pomposo nombre de Estado Mayor Central, decidió en su momento rechazar el acuerdo de paz logrado con las FARC. En mayo de 2016, Iván Mordisco anunció la decisión de su frente de seguir en armas. Ahora aceptan volver a la mesa. Insisto: ¿qué más pueden pedir, luego de una negociación que otorgó tanto?

El acuerdo dio beneficios de justicia transicional a las FARC y otros actores del conflicto, les concedió curules a guerrilleros desmovilizados, ayudas económicas para la reinserción, creó la JEP, la Comisión de la Verdad y la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, además de otros grupos y comisiones para verificar y seguir lo pactado. En sus más de 300 páginas plantea también reparación a las víctimas, Reforma Rural Integral, Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial para municipios afectados por el conflicto. Hay un capítulo étnico, propuestas para cerrar brechas de género y promover mayor participación democrática de poblaciones vulnerables… en fin… es tanto y tan ambicioso lo pactado que es difícil que se cumpla totalmente, aunque deberíamos intentarlo porque puede ser un camino hacia la esquiva paz total.

La lenta implementación, el asesinato de firmantes y las frustraciones varias vinieron después. Lo cierto es que el acuerdo concedió mucho a la guerrilla. A cambio se salvaron vidas, se redujo la intensidad del conflicto en muchas regiones, se logró la desmovilización real de más de 10 mil personas. No es poco. Son reales también las preocupaciones de muchos colombianos que consideran excesivo lo pactado. El país sigue dividido en torno al acuerdo y ahora los que se apartaron quieren negociar de nuevo.

Si no firmaron ese acuerdo, una vez más: ¿Qué más van a pedir en esa mesa y, sobre todo, qué más les puede otorgar la sociedad? El grupo de Mordisco y muchos otros que se acercan a la promesa de Paz Total muestran que la guerra sigue viva y convertida en pesadilla para comunidades que padecen por el reclutamiento de menores, las extorsiones, los asesinatos, los desplazamientos, las amenazas. En el fondo de la Paz Total hay el deseo de desactivar por fin a todos los grupos y hay que intentarlo. ¿Es una utopía? ¿Se podrá conseguir o seguiremos persiguiendo esa meta en un laberinto sin salida? ¿Se vale soñar? Muchas preguntas luego de “la resurrección” de Mordisco. En medio de ellas, me obligo a buscar una dosis de optimismo. No encuentro en la imagen de los llanos del Yarí nada que me ayude a alimentarlo.

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