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Si entra un dios en la política, sale la razón

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Yolanda Ruiz
03 de septiembre de 2026 - 05:05 a. m.
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El problema no es la fe que cada quien quiera profesar. Se puede creer en un dios, en una diosa, en muchos dioses, en los ángeles, en las fuerzas del universo, en las brujas o en el poder del algoritmo. Los humanos siempre hemos buscado respuestas en el más allá para entender lo inexplicable en el más acá. A muchos la fe les ayuda a asimilar el sinsentido de la existencia y es algo a lo que aferrarse en momentos de dolor y cuando acecha la muerte. El problema no es la fe que existe y existirá: el problema es mezclarla con la política y mucho más con las funciones de Estado. Porque cuando en un debate político entra un dios, por la misma puerta sale la razón.

No hay argumento que pueda controvertir la sentencia “es la voluntad de dios”. Si hubo un terremoto porque así lo quiso dios, lo que pase después, bueno o malo, también será su voluntad. Si un dios se puede invocar para justificar un genocidio, para declarar una guerra santa, para quemar mujeres o para condenarlas al ostracismo, no hay ningún espacio para la razón. Si la palabra de dios se levanta como justificación para discriminar personas todo puede pasar. Si dios es “la Verdad”, no hay leyes ni constituciones que valgan. Y si hay pueblos o personas que se sienten elegidos por dios, cabe preguntarse: ¿los demás salimos sobrando?

Antes de que algún lector me condene al infierno aclaro que soy creyente, aunque no creo en ninguna iglesia. Me formé en la cultura católica y creo en algo más allá de lo evidente, en alguna energía universal. Creo en el humanismo y mi ética tiene muchos puntos de encuentro con lo que enseñan los evangelios que, por cierto, pregonan el amor y no la discriminación; el perdón y no la venganza. Creo en el Jesús que pregonó el amor y dijo “bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”, “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”, y “no juzguéis y no seréis juzgados”.

Ser creyente no me quita la capacidad de pensar con mi propia razón porque creo también en el libre albedrío y no en órdenes emanadas de un líder religioso. No quiero ser parte de ninguna manada. Por eso creo que es un problema serio para una sociedad cuando se cree que hay una fe mejor que las otras y cuando desde las personas que encarnan las instituciones del Estado se mezclan de mala manera lo que ordenan las leyes y la fe. Por estos días discuten los juristas sobre el carácter laico de la Constitución, pero el problema más allá de lo jurídico es político, es ético, es de inclusión, de entender lo que representa un presidente como símbolo de unidad nacional según ordena el artículo 188 de la Constitución. Salimos de uno que enarbolaba la bandera de “patria o muerte”, en vez de levantar la de todos, a uno que le habla en la posesión a las fuerzas militares en solitario y no al Congreso, y que entroniza a la virgen de Fátima como si ella representara la diversidad de un país lleno de matices y creencias diversas.

Como si fueran pocos los motivos de pelea en este país de tanta guerra, ahora hay que poner sobre la mesa uno más: la religión. El que faltaba por estos días, el que no había sido gran motivo de disputa desde los años de la Violencia cuando algunos sacerdotes invitaban a matar liberales en sus sermones. Después logramos convivir entre distintas creencias sin que eso fuera un asunto de debate mayor. Ahora vuelven los cruzados. No debemos olvidar que las guerras santas y las cruzadas suelen terminar en baños de sangre. Por eso no son buenos los Estados confesionales, y uno de los más importantes logros de la Constitución del 91 fue proteger la libertad de cultos y protegernos así de la discriminación religiosa. Pedir hoy a los funcionarios públicos, y en particular al presidente de la República, que lo recuerden no es censurar su fe: es pedirles que en sus acciones oficiales pongan primero la Constitución y luego sus libros sagrados.

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