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Descubrí que soy adicta a los contenidos digitales. Hace unos días tomé la decisión de bajar mi consumo, en particular ese de pequeños mensajes que se deslizan por la pantalla del celular. Lo hice porque descubrí que mi tiempo se reducía cada vez más por ese apego a la pantalla. No puedo retirarme totalmente de las redes porque mi trabajo como periodista pasa por ahí, la información del mundo circula en microvideos, titulares, carruseles, historias. Sin embargo, al lado de las noticias consumía toneladas de contenido que no quería, pero me enganchaba, como si mi voluntad nada tuviera que ver. Valoro la era digital como una oportunidad de democratizar el acceso a todo tipo de contenidos. Las posibilidades son infinitas. Sin embargo, la adicción es un problema, y no toca solamente a niños y adolescentes. Nos golpea a los adultos y hay que enfrentarla.
Tuve sensaciones raras en los primeros días de mi reducción de consumo digital. Lo primero que me impactó fue la dificultad para lidiar con el silencio. Antes de que las redes me atraparan, no tener conversaciones ni sonidos alrededor era todo un gozo. Poder leer sin sonidos molestos de fondo, hacer ejercicios que requieren concentración, escribir, observar pájaros. El silencio alivia mucho porque nos lleva hacia adentro y nos amarra al instante que vivimos. Eso es valioso. Sin embargo, con la idea de hacer más productivo el tiempo comencé a incorporar el consumo de pódcast para aprovechar todo momento: la ducha, las caminatas, los tiempos de labores domésticas, el descanso. Cualquier momento era bueno para ponerse al día con algo que creía que me estaba perdiendo y revisaba la pantalla desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Dejar lejos el celular de manera deliberada en ciertos momentos comenzó a producir esos silencios que sentí incómodos al comienzo. Ahora comienzo a valorarlos nuevamente.
Descubrí también que distanciarme de la pantalla me generaba una dosis de ansiedad. Antes de comenzar mi reducción de consumo siempre quería ver algo, buscar un dato, escribir un pendiente. El problema es que, al hacerlo, invariablemente y sin tener plena conciencia, ese primer clic en una página o en una aplicación me llevaba a otras y a otras. A veces no hacía realmente aquello que me había llevado al celular. Por ejemplo: quería anotar la idea que me surgía para una columna y, al entrar, brincaba por las redes sociales y como el algoritmo te pone al frente lo que te interesa, lo que te gusta, lo que temes y lo que quieres, no resulta fácil parar. Me descubría 20 o 30 minutos después sin haber anotado la idea que ya se había escapado entre tanto contenido.
He notado que, al comenzar racionalmente a recortar el tiempo de contenidos digitales, poco a poco recupero la posibilidad de leer, escribir, pensar, vivir de manera más consciente, sin la niebla mental constante y a ratos mi sueño mejora si logro sacar el scroll de mi vida en la noche. Había perdido tiempos valiosos de lectura que es uno de mis grandes placeres. No entendía por qué me tomaba semanas largas leer libros que antes despachaba en cuestión de unos días. Era la dificultad para seguir el hilo del relato, para mantenerme concentrada. Lentamente, muy lentamente, voy recuperando lo perdido.
Por mi trabajo sabía de la adicción digital, lo comenté en alguna columna, leí artículos sobre el asunto, pero lo veía como algo de otros. Siempre me decía que debía permanecer conectada porque mi trabajo es la información y esa cambia todo el tiempo por los miles de contenidos que se suben cada segundo. En realidad, justificaba la adicción y el primer paso para superarla es reconocerla. Quiero estar más presente en mi vida real y en la vida de los que amo. Seguiré en las redes produciendo y consumiendo contenidos digitales, pero haré una mejor curaduría y tendré tiempos de desconexión consciente, porque los algoritmos no pueden ser los dueños de mi tiempo, de mi vida.
