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7 Apr 2022 - 5:30 a. m.

Tragedias que no son noticia

El camión que recoge la leche en una vereda de Cundinamarca no llegó a hacer su recorrido en la madrugada. Las cantinas permanecen varias horas en las puertas de las fincas. El camión quedó enterrado en un tramo de la vía que es puro barro. Moverlo tomará horas, arreglar la carretera tomará días, semanas o no se arreglará. Es una trocha destapada como tantas que conectan a buena parte de este país. La leche se pierde, la plata no llega y los vecinos intentan hacer cuajada o vender a los otros a precio de nada lo que ahora les sale sobrando. Al final los perros de la zona hacen su agosto con la leche.

Una tragedia que no es noticia a pesar de que la viven de distintas maneras miles de pequeños y medianos productores del campo: si no hay vías buenas, no hay trabajo que valga, no hay productos que puedan salir. Si no hay vías buenas, los campesinos se quiebran, la comida no llega a las ciudades, las cosechas se pierden, los precios suben. En el campo cuando no llueve hay líos porque se secan cultivos y pastos y si llueve mucho, como ahora en el centro del país, también hay líos porque las trochas colapsan. Pasa en buena parte de los 142.000 kilómetros de vías veredales en una tragedia silenciosa y sostenida que no logra la atención que merece.

Recuerdo que alguna vez en la oficina de un alto funcionario en la Casa de Nariño me mostraron dos mapas: uno marcaba las zonas de cultivos ilícitos y presencia de grupos violentos, el otro era el mapa de carreteras. Era evidente la coincidencia y proporcionalidad: En las zonas de más vías y en mejor estado era menor la violencia y menos la presencia de cultivos ilícitos. Si hay buenas vías, hay posibilidades, hay esperanza.

Cuando la vía se bloquea por derrumbe, por un carro enterrado, un árbol caído o un puente quebrado, viene la pesadilla de gestionar el arreglo. Los alcaldes deben responder por sus vías veredales y no siempre hay ganas o recursos para poder hacerlo. Todo vale mucho. Se necesitan el recebo, la máquina para mover la tierra que cae o para nivelar el terreno y hacer cunetas. En épocas de invierno sostenido, como ahora, los daños son constantes y las vías demasiadas para poder atenderlas. Los campesinos o productores del campo buscan la ayuda y a veces la respuesta es lapidaria: “No hay presupuesto”. Otras veces la alcaldía ofrece poner la máquina y pide a la comunidad pagar la gasolina porque no hay para tanquearla. También se necesita el padrino político para mover recursos. Cuando no hay más, los vecinos con sus picos y palas hacen lo que pueden para despejar el paso por unos días hasta la próxima emergencia.

Hablo con un ingeniero que trabajó más de 30 años arreglando vías y me dice con claridad: “Saldría mejor y más barato hacer mantenimiento en tiempo de verano. Cunetear, hacer alcantarillas y desagües, nivelar, pero no siempre hay plata o los alcaldes se acuerdan de eso cuando ya tienen el problema encima. Así todo es más caro y más difícil”. Después me dice que en algunas zonas están volviendo a lo que se hacía en el pasado para prevenir derrumbes: “Sembrar árboles nativos para amarrar el suelo”. Sin embargo, aquí se tumban árboles como quien desgrana una mazorca y cuando la tierra se viene abajo, creemos que la naturaleza nos ataca.

En otra vereda un campesino recoge su cosecha luego de meses de trabajo y va saliendo a venderla en la madrugada. Avanza por la trocha y llega hasta un derrumbe. La noche fue de tormenta y el paso está bloqueado. Comienza a retornar para buscar otra ruta, pero eso le pone dos horas más a su recorrido hasta el mercado y ya sabe que está condenado: llegar tarde es perder la mitad del precio o la cosecha. Maldice, duda y piensa si no será mejor ahorrarse la gasolina y convertir en desecho la carga. Si no hay vía, no hay vida, no hay nada. Otra tragedia que no es noticia.

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