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Comer para desaparecer

Juan Villoro

23 de octubre de 2008 - 09:08 p. m.

Si la venganza de un artista es comerse a sus críticos, la de un chef es degustar a un gourmet.

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La extraña desaparición de Pascal Henry se presta para una novela de Vázquez Montalbán o de su heredero en el thriller gastronómico, Pau Arenós.

Sin otro mérito que su escapatoria, Henry se ha convertido en una celebridad del restaurante Bulli, propiedad de Ferran Adrià. El suizo de aspecto inocuo había emprendido una gira por excelsas cocinas con el patrocinio de un mecenas que permanece en tinieblas. No se trata de un crítico profesional que requiera de soledad para concentrarse, sino de un hombre que cena solo, un aburrido capaz de crear intriga.

Después de ingerir las investigaciones de Adrià, el comensal se fue sin pagar la cuenta. Aunque ya había puesto en entredicho su reputación al rechazar la carta de vinos, el escape invalidó su tour por las mayonesas.

Adrià no dio parte a la policía. Ahora sabemos que esto fue una muestra de señorío. Sin embargo, cuando el tío del presunto gourmet informó que su sobrino no era un prófugo sino un desaparecido, surgió la conjetura de que estuviera en un frigorífico. ¿Había pasado al más allá de la carne marinada? ¿Su dieta de tres estrellas Michelin equivaldría a la bellota que mejora el sabor del cerdo? ¿Asistiríamos al relanzamiento de la antropofagia? Sólo el perro que dio nombre al Bulli hubiera podido olfatear lo que pasaba.

Álvaro Mutis tomó el título de su novela La nieve del almirante de un postre que encontró en un menú. ¿Cuántos clientes se hubieran atrevido a pedir Espuma de gourmet o Suizo perdido en la carta de Adrià?

Finalmente se supo que el gourmet no había muerto (aún queda por demostrarse que estar en Ginebra es estar vivo). Lo más interesante del episodio es la declaración de la policía helvética: “todo adulto tiene derecho a desaparecer”. Los niños no pueden volverse invisibles.

¿Se arrepintió el glotón de su gira en soledad? ¿Se le acabó el dinero? ¿Disputó con su oculto mecenas? ¿Tuvo un corte de digestión? Los móviles del caso son burdos. Lo singular es el anhelo metafísico que lo respalda. La comida nos vuelve demasiado visibles. Debemos a un suizo sin gracia la tentación opuesta: comer para disolvernos en el aire.

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