Comida con los Suárez

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De la novela "Campos de flores en arenas movedizas".

Comida con los Suárez​

El matrimonio vivía en un apartamento inmenso en un conjunto al norte de Bogotá, de esos en que es necesario identificarse.

Manuela de Suárez era una española divertida, de padres gallegos. Habladora, siempre con una palabra cariñosa. Una figura delgada, que rozaba los cuarenta años. Atractiva, pero sobre todo cálida. El esposo era otra cosa.

En los últimos tiempos, Suárez había hecho buena plata en los negocios de bienes raíces y en la Bolsa. En los años buenos de la empresa, el Gallego, como le decían, no hacía sino ponderar los magníficos consejos que les había dado a los otros dos socios para conseguir resultados y utilidades. Más que un ser inteligente, era un tipo de buenas. El dinero se le había subido rápidamente a la cabeza y los whiskys que tomaba también.

Bajito, con una panza bien cultivada, al cabo del trago número cuatro se ponía risueño, es decir, coqueto con las mujeres de su alrededor, y después pasaba a la fase de ser cansón y algo agresivo, por lo que todo el mundo empezaba a hacerle el quite.

Cuando llegaron al apartamento de Suárez ya estaban Luis, el abogado del Florista, y su esposa, Juana, además de Olga y Arturo, el otro socio del grupo.

─Hola, vosotros que llegáis y yo que termino ─saludó Manuela, cálida─. ¿Y a ti, alita?, como dicen los bogotanos, ¿cómo te va? Te ves muy maja ─dijo dirigiéndose a la esposa del Florista─. Debe ser la mano mágica de tu marido. En Santiago de Compostela ya no apelamos al marido sino al santo, quien nos obliga a hacer el Camino cada vez que se pueda. Así que los primeros cien kilómetros de caminada te olvidas de marido y problemas. Además, adelgazas. Se te perdonan los pecadillos, porque los grandes ni el mismo santo.

─Oye, Manuela, una vez que regrese de Miami quiero tomarme un café contigo. Me dicen que el Camino de Santiago es algo maravilloso, que produce tranquilidad y las vivencias van más allá de lo terrenal.

─Vamos, no puedes perdértelo. Es muy, muy especial. Está por encima de cualquier experiencia sensorial. Quien lo hace cambia su forma de pensar, de ver la vida. Se ven y se oyen las historias más extrañas. Cuando lo hice, conocí a una mujer de 86 años llamada Francisca. Recorría 800 kilómetros del Camino en bicicleta. Ancianos que a simple vista tienen una pata en el cementerio caminan trechos de 30 kilómetros diarios. Los peregrinos se hablan para comunicar felicidad; “buen camino”, se desean unos a otros; se crean parejas que nunca en la vida se habían visto. Mucha gente encuentra ahí las respuestas de su vida.

Todo transcurría en forma tranquila salvo en un momento crucial: Suárez le sugirió a Manuela demorar un poco la servida de la paella, que le había tomado horas preparar y ya estaba lista, para no cortar el efecto de los tragos. La esposa del Florista se percató de la mirada fluorescente que le despidió a Suárez.

─Manuelita, camine y le ayudo. La verdad es que huele delicioso.

La enorme paellera se puso en el centro de la mesa del comedor donde ya estaban los platos, servilletas de lino y cubiertos, dos botellas de vino chileno, una de blanco y otra de tinto, y una canastica con una baguette cortada en rebanadas. Cada cual fue cogiendo su plato para luego sentarse en la sala o en algún sitio donde estuviera más cómodo.

El mesero contratado para ayudar a servir la comida y el trago tenía órdenes de no dejar un vaso sin licor. El whisky y el vino fluyeron sin límite. Las horas transcurrieron, y ya cuando se empezaban a repetir los mismos cuentos y chistes por parte de Suárez era hora de irse.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, los comensales iniciaron el proceso de despedida. El Florista se encargaría de llevar a los visitantes. El hotel, situado en el norte de la ciudad cerca de un parque, no estaba lejos. La casa del Florista quedaba a pocas cuadras.

***

Cita para una consulta

En un restaurante de la 93, Jorge y la esposa del Florista se entretenían en el preámbulo de los saludos amables. El almuerzo tenía un ambiente especial, sensual, manifiesto en el lenguaje corporal. El saludo, el beso en la mejilla cerca de la comisura de los labios, las miradas y sonrisas.

─¿Dónde conseguiste el bronceado? Te queda bien ─le dijo con cierta coquetería la esposa del Florista.

─En mi último viaje a Indonesia, algo espectacular, ya te comentaré. 

La esposa del Florista quiso entrar en materia inmediatamente, dando la impresión de querer despachar en forma profesional el asunto que iban a tratar.

─¿Me cuentas el problema? ─dijo con muestras de interés, como psicóloga especializada en orientación familiar.

El YouTube  muestra instantes de situaciones que hemos vivido:

https://youtu.be/QAnFBBWEI8w

Que tenga un domingo amable.

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