Por: Arturo Charria

Comisión de la verdad y educación

La recién nombrada Comisión de la Verdad en Colombia tiene un reto enorme: construir en tres años un relato en el que se expliquen las causas, las responsabilidades y el daño de una guerra que, en los cálculos más conservadores, ha durado 52 años. Sin embargo, hay un reto mayor: lograr que este relato sea reconocido por la sociedad y sea una contribución real para la reconciliación de un país con posiciones muy arraigadas en su comprensión de la guerra.

Esto implicará una reflexión constante en tiempo real por parte de los diez comisionados y su presidente, no sobre la base del documento final que se escriba, sino durante la construcción del mismo. En este orden se debe llevar la comisión a los territorios y a las comunidades, trabajar con ellas y reflexionar a profundidad sobre las distintas audiencias que en un futuro cercano harán uso de dicho informe. Por tanto, no se trata de traducir un informe final en película, canción, telenovela o libro de texto; sino que se debe trabajar durante la construcción del mismo con los artistas, los escritores, los directores y los maestros.

Durante el proceso de paz se cometió el error de mantener una distancia emocional entre aquello que se estaba negociando en La Habana y el ambiente político en Colombia. Esta falta de información fue un espacio que aprovecharon sectores opositores para llenar con miedo y noticias falsas. Así, por ejemplo, la reflexión pedagógica del acuerdo se limitó, en un comienzo, a explicar sus 297 páginas, desdibujando el sentido humano que tiene la paz. En este orden, hacer el mapa de los espacios y las audiencias debe ser una de las primeras tareas que realicen los comisionados y debe estar en las discusiones metodológicas de los primeros seis meses de trabajo.

Entre los sectores con los que deben mantener una articulación constante y efectiva está el sistema educativo, con todo lo que este implica: trabajo con maestros, incidencia en el currículo educativo, recomendaciones que lleguen durante el funcionamiento de la comisión y no sólo como parte del informe final, identificar unos colegios que sirvan como laboratorios de paz para la comisión (en donde se trabaje el sentido pedagógico que tiene la verdad en términos de reconciliación). Incluso pensar en cómo estos colegios pueden ser escenarios de socializar avances: como un acto simbólico, pero también como una forma de incorporar esos nuevos contenidos en sus prácticas pedagógicas.

Las investigadoras Julia Paulson y Michelle Bellino han estudiado durante años esta relación, su investigación abarca 20 comisiones de la verdad entre el famoso informe del Nunca más (Argentina, 1985) hasta la reciente comisión creada en Canadá (2015) para reconocer los crímenes contra los pueblos indígenas de dicho país. De estas investigaciones surgen importantes reflexiones que deben ser tenidas en cuenta por los comisionados de Colombia. Por un lado, revisan qué tipo de recomendaciones y compromisos han quedado en los informes finales y qué tanto se han aplicado. Por otro lado, revisan factores que han facilitado u obstaculizado el cumplimiento de dichas recomendaciones.

En una publicación reciente de la revista Comparative Education (agosto 2017), Paulson y Bellino socializan estas investigaciones, mostrando un trabajo comparativo que permite ver cómo se clasifican estas recomendaciones y la importancia de articular la Comisión de la Verdad con el sistema educativo: la educación amplía la audiencia de la comisión (especialmente trabajando con jóvenes que no experimentaron directamente el conflicto); reflexionar sobre las formas en que la educación contribuye en la generación de conflictos (mediante la inequidad o la exclusión en el acceso, mala calidad o la difusión de contenidos violentos o divisorios); y, por último, los informes finales de la Comisión de la Verdad pueden convertirse en material curricular y didáctico sobre los conflictos recientes (importante para construir el compromiso de los jóvenes con el “nunca más”).

Esta necesidad de trabajar de manera conjunta entre el sistema educativo y la Comisión de la Verdad no se hubiera resuelto incluyendo a un profesor como parte de los comisionados, sino a través de la voluntad que tengan estos de trabajar con los maestros. Esperamos que esto sea posible y que no nos suceda igual que con la paz en los tiempos del plebiscito, en donde no supimos construir una visión de futuro con la paz abordo y nos derrotó el miedo de un pasado que no quisimos dejar atrás.

* Esta reflexión es parte de las discusiones académicas que desde hace meses se vienen adelantando en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, sobre los retos de la Comisión de la Verdad en Colombia.

 

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