Por: Santiago Villa

¿Cómo reducir los cultivos de coca? Legalizándolos

Mientras el mundo se decide por legalizar la cocaína, esa condición previa (aunque no exclusiva) para que en Colombia transitemos hacia la paz, en nuestro país podemos comenzar con un paso más modesto y menos arriesgado: legalizar el cultivo de la planta de coca.

Si en Colombia se legaliza la hoja de coca, esos costosos, inanes y absurdos esfuerzos por reducir la siembra podrían centrarse en atacar la producción de la cocaína propiamente.

Combatir el contrabando de narcóticos es una actividad idiota e inútil, que drena nuestros recursos y sacrifica sin sentido las vidas de nuestros policías y militares. Pero también es cierto que aceptar la cocaína no parece ser cosa de corto plazo. En el mundo falta voluntad política, porque quienes sufrimos las peores consecuencias de esa prohibición somos un puñado de países productores: todos en vías de desarrollo.

Cuando los países del primer mundo decidan legalizar un consumo regulado o abierto (como sucede ahora con la marihuana), encontrarán la forma de producir su propia cocaína, tal como lo hacía Alemania durante el siglo XIX, que importaba la hoja de coca desde América del Sur y procesaba la cocaína en sus laboratorios.

Nosotros quedaremos fuera del negocio, y observaremos, como amante abandonado bajo el rellano de la puerta, que todos nuestros esfuerzos y sacrificios para proteger la salud de los consumidores del primer mundo fueron en vano. No sólo se siguen drogando, sino que es el primer mundo el que más se lucrará del negocio y nosotros quedaremos por fuera.

Pero volvamos al punto de esta columna: la propuesta de legalizar el cultivo de la coca.

En lugar de criminalizar a campesinos que no cultivan ningún producto nocivo, sino la planta que nutrió a los indígenas suramericanos durante siglos, todo el esfuerzo debía estar en buscar laboratorios, rutas, cuentas bancarias y negocios de lavado de dinero.

Recordemos que la hoja de coca no es la cocaína, sino un componente más junto con la acetona, el ácido sulfúrico y la gasolina, entre otros. A nadie se le ocurriría ilegalizar el ácido sulfúrico para combatir la producción de cocaína. ¿Por qué hacerlo entonces con la hoja de coca?

Porque es más fácil encontrar y fumigar cultivos que controlar las demás sustancias. Las instituciones que luchan contra el narcotráfico necesitan medir el éxito de sus esfuerzos en cifras, y resulta menos peligroso y costoso reducir cifras de cultivos que número de laboratorios o rutas de tráfico.

Si se legaliza la coca, sin embargo, su producción podría hacerse en terrenos abiertos, limitando así la deforestación para esconder los cultivos; y sería quizás más fácil monitorear las ventas, lo que facilita el hallazgo de laboratorios, que son, según la mentalidad prohibicionista, el “auténtico problema”.

Quizás incluso el precio caería tanto que la producción de coca sería menos atractiva que la de otros productos. Esto, claro, no sucedería en las regiones más apartadas, donde la coca se produce porque no hay infraestructura vial.

Esto tiene muchas complicaciones, claro. No sería legal vender la coca a grupos narcotraficantes, como no es legal venderles los otros componentes. La limitación mantendría abierta la puerta para criminalizar a los productores y no resuelve el problema, que es buscar cómo proteger al campesino de la guerra contra las drogas.

Es complicado y una columna no es el espacio para resolver los detalles del asunto.

Esta propuesta parte de una premisa: es imposible no sólo acabar con la producción y el tráfico de cocaína en Colombia, sino reducirla a proporciones mínimas. Lo único que podemos hacer es escoger qué segmentos de la población queremos apartar de una guerra sin sentido, que más temprano que tarde se acabará gracias a la legalización, y que nos dejará plantados como las víctimas idiotas de una historia sobre la que teníamos control, pero nos negamos a ejercerlo.

Twitter: @santiagovillach

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