Por: María Antonieta Solórzano

Construir el futuro requiere… ¿líder o liderazgo?

Es claro que todo desarrollo de la vida, desde lo material hasta lo espiritual, ocurre en virtud de la posibilidad que todo ser vivo tiene de crear asociaciones para ir más allá de los propios límites para salir adelante. Así como las células se vinculan entre sí para crear organismos, los seres humanos nos agrupamos para crear tribus, familias o sociedades.

En este recorrido, en el que vamos desde un punto de menor desarrollo hacia otro más adaptativo, ocurre el liderazgo, la función inherente a la vida que coordina recursos para alcanzar insólitos horizontes.

Así logramos crear sociedades muy complejas, y gracias a la habilidad de cooperación continuamos existiendo. Sin embargo, a medida que nos convertimos en la especie con más individuos sobre el planeta, comenzamos a luchar por la supremacía de unos sobre otros. En consecuencia, caminamos hacia la autodestrucción.

Por increíble que parezca, nuestra arcaica idea de que todo lo que necesitamos para resolver una situación sencilla o compleja es un líder, ha cumplido un importante rol en esta deriva.

Como especie, habitamos desde hace dos millones de años y sólo desde hace 70.000 comenzamos a asentarnos, a depender del territorio y hace unos 200 a establecer lo urbano con toda su complejidad como modo vida. Sería impensable que las formas tecnológicas o las de liderazgo que funcionaban para una tribu de no más de 200 personas sean igualmente útiles para organizar la convivencia de las actuales megaciudades o de la aldea global. El líder de la tribu mantenía un contacto directo con los demás miembros del grupo, se establecían relaciones de confianza y de compromiso que hacían posible que el “solo” pudiera tomar decisiones que representaran la sabiduría de la comunidad y el bien común.

Pero hoy en día, creer que un líder único, presidente de una nación o de una compañía pueda contar con toda la sabiduría para “sacar adelante” una familia o una región es impensable.

Hoy cada individuo pertenece o se conecta con muchos y diferentes grupos geográficos, lingüísticos, laborales, educativos, familiares y políticos que representan modos de pensamientos y experiencias diversas, por lo tanto, hoy más que nunca se requiere un liderazgo colectivo donde la herramienta del diálogo diseñe nuevos espacios geográficos y políticos donde la humanidad recupere la confianza.

Conservar la confianza y el conocimiento profundo de cada uno de los miembros de la comunidad nos permitió pasar de ser nómadas a tribus, y conservar este valor es un imperativo, la lucha por el poder para ser, en cada contexto, el que manda nos está destruyendo. ¡Vale la pena desaprenderlo!

En el arte de conciliar la diversidad para construir el futuro surge el liderazgo colectivo y la renuncia al individualismo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Antonieta Solórzano

¿Compromiso o evasión…qué pasa con el otro?

¿El triunfo o la derrota nos dignifican?

Del silencio interior… a la vida coherente