Por: Catalina Ruiz-Navarro

Contra la tolerancia

Con frecuencia se les escucha decir a los antiderechos que ellos “no comparten” tal o cual forma de existir en el mundo, pero “la toleran”. Suena muy bonito y bondadoso, ¡cuánta altura moral! ¡Si la tolerancia al otro es el pilar de la democracia! Y como esa palabreja, tolerancia, sale en casi todas las cartillas que enseñan “valores”, suena como una excelente solución, muy pacífica también, no tienes que escuchar al otro, no tienes que entenderlo, solo tienes que tolerarlo.

Pero no es lo mismo tolerar la música alta de la vecina fiestera o el llanto de un bebé en un avión, que tolerar los discursos de odio, los prejuicios que se convierten en discriminación o la violencia. A las mujeres nos enseñan desde chiquitas a tolerar todo tipo de violencia en contra nuestra, y luego en la comisaría de familia, con un ojo morado, o quizás en la iglesia, o con nuestra familia, la jueza, el cura y nuestra propia hermana nos dirán que la tolerancia es el valor que puede salvar nuestra vida en familia y con ese consejito nos regresan bien dispuestas a nuestros agresores. Pero no todo en esta vida es tolerable.

Toleramos aquello que nos incomoda, pero que no nos hace daño, no nos quita derechos. Si algo nos violenta o nos vulnera como ciudadanos, eso es sencillamente intolerable. La violencia, o la difusión de ideas o argumentos que marginan o deshumanizan a otras personas, no son simples “puntos de vista”, son el comienzo de formas de discriminación. Entonces no es lo mismo decir públicamente que “no me gusta la lluvia”, porque los derechos de nadie se ven afectados por mis preferencias sobre el clima. Pero si uso mi espacio en este diario para decir que “no me gusta” un grupo vulnerable que sufre discriminación, ese “no me gusta” tiene consecuencias. Imaginemos por un momento que digo “no me gustan los judíos”; si yo dijera algo así, estoy segura de que este periódico, con toda la razón, no publicaría mi columna. Sería mi opinión (obviamente no lo es), pero es una opinión inaceptable que genera estigmas y violencia. Igualmente grave es decir que “no me gustan los gais”, primero porque quién me creo yo para pensar que mis gustos se pueden extender a las preferencias sexoafectivas de otras personas, y segundo porque la repetición constante de ese “no me gusta su estilo de vida” ha hecho que en Colombia, y el mundo, las personas de la comunidad LGBTIQ tengan menos derechos, sean ciudadanas de segunda categoría.

Cuando las personas homofóbicas dicen en público que “toleran” a las personas de la comunidad LGBTIQ nos están reafirmando que la diversidad sexual no representa amenaza alguna a sus derechos. Para la comunidad LGBTIQ, en cambio, las personas homofóbicas, y más las que tienen poder económico o una voz pública, sí representan una amenaza a sus derechos, derechos que llevan décadas ganándose a pulso. Tolerar a la comunidad LGBTIQ es más que arrogante, pero tolerar la homofobia es inaceptable éticamente. La homofobia se sobrevive, se resiste, se aguanta, se padece, se vence, pero jamás, jamás se tolera.

 

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