Convenciendo y no imponiendo

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El coronavirus y la manera de abordarlo han revelado muchas verdades sobre el comportamiento de los seres humanos y los gobernantes. Y, como suele suceder, se ponen en evidencia las posiciones extremas. De un lado está el manejo chino del coronavirus, con un Estado todopoderoso que ordena y con un ciudadano que como niño regañado simplemente obedece a “su papá”. Del otro, con un comportamiento extremo, la irresponsabilidad libertaria de unos estadounidenses, aupada por el más irresponsable presidente del que se tenga memoria, quienes consideran que nadie ni nada puede oponerse a que hagan lo que les dé la santa y real gana: no usar tapabocas, no respetar las distancias, reunirse en espacios cerrados a cantar, a gritar… y contagiarse porque el bicho está vivo y coleando y no descansa. Ambos caminos son equivocados.

Lo lógico y transformador hacia delante del comportamiento ciudadano es asumir la amenaza libre pero responsablemente, sin esperar órdenes imperativas de un papá regañón o actuando como si el asunto no fuera con uno. Lo natural, lo razonable es actuar con “los nuestros”, con los cercanos, única manera para construir unas protecciones reales, no impuestas.

Nuestro principal apoyo en la vida —el que nos comprende y no nos abandona— somos nosotros mismos y “los nuestros”, sean estos parientes, vecinos, compañeros o amigos con los que se comparte la vida “en las verdes y las maduras”, como se dice. A este principio ha recurrido el alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, para enfrentar la pandemia, desde la base, desde las familias y los barrios. Las condiciones a las que se enfrenta no son fáciles. Una ciudad con una alta informalidad laboral y una crisis severa en los ingresos para sobrevivir, hacinamiento en la vivienda y ausencia de servicios básicos de higiene, pobladores de diversas procedencias, muchos desplazados por las violencias económicas y armadas, y muchos venezolanos víctimas de la tragedia madurista.

Médico de formación y cercano a las personas, sin aires imperiales o de iluminado. Entendió que el gobierno tenía que salir a buscar a la gente en sus barrios y comunidades, para escucharlos, para ayudarlos a organizar su trabajo, para enfrentar hombro a hombro la tarea de proteger la vida pero también el ingreso. La estrategia se llama Guardianes de Vida, organizada en Pactos por la Vida para que todos protejan su vida y la de su familia, la de los vecinos en el barrio, en la comunidad, en la ciudad.

Es un trabajo concreto y continuado para atender la situación presente y a la vez educar en ciudadanía, muy mockusiano en su sentido y método. Lo catapultó la fiesta que, con más de 500 invitados, fue realizada el Día del Padre en un barrio pobre y de migrantes en la ciudad, Colonia Nariñense, con más de 400 casas y muchas más familias. Y lo hizo contrariando voces que pedían acciones de represión y castigo.

El alcalde se la juega para que la comunidad no vea a la ciudad y a la administración como unas enemigas en la crisis, sino como aliadas en la lucha. De paso, está transformando el manejo de la situación en un aprendizaje efectivo de cultura y práctica ciudadana —es el concepto mockusiano “del saldo pedagógico” de las iniciativas y políticas públicas—, necesario para enfrentar la crisis presente y fundamental para desarrollar en la pospandemia una sociedad más solidaria, más ciudadana en el sentido pleno de la palabra, lo cual será posible solo si sus habitantes se apropian de sus destinos, sacando del juego a tanto charlatán y oportunista. Ese podría ser el gran legado que nos deje esta pandemia. Necesitamos que la experiencia caleña se vuelva viral, pero de la buena.

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