Por: José Fernando Isaza

Corales

La actividad humana generadora de gases de efecto de invernadero (GEI) está afectando la biodiversidad de los océanos y el coral es la especie en mayor riesgo. Los corales son el hábitat de la cuarta parte de la biodiversidad pesquera. Más de 1.000 millones de habitantes viven en áreas cercanas a menos de 100 kilómetros de los arrecifes coralinos, la mayoría de estas personas son de bajos ingresos y dependen de la pesca sustentada en los corales como su fuente de proteína. El fenómeno de blanqueamiento de los corales y su posterior destrucción se debe a la acidificación oceánica: al aumentar el CO2 disuelto, se produce ácido carbónico, que afecta la calcificación de los bivalvos y los corales.

Se estima que un aumento de 1,5 °C en la temperatura atmosférica pueda afectar y aun destruir el 70 % de los corales. En el período 2014-2017, se han afectado, aunque no totalmente destruidos, las tres cuartas partes de los corales. Es alarmante la velocidad de destrucción de la gran barrera coralina de Australia.

Se calcula que el 55 % del CO2 emitido por la actividad humana queda en la atmósfera, del 15 % al 20 % en la vegetación terrestre y del 25 % al 30 % en los océanos. El impacto de la deforestación incrementa el aumento de la temperatura atmosférica y de la acidificación oceánica (The Economist, A. Franco).

En los mares fríos, la cantidad de oxígeno disuelto es mayor que en los cálidos, esto explica por qué los países costeros a la corriente fría de Humboldt (Chile, Perú y Ecuador) son ricos en pesca a pesar de que no son hábitat de corales. En los mares tropicales la riqueza pesquera se explica más por los corales. Cuando la corriente de Humboldt aumenta la temperatura, por el fenómeno de El Niño, la pesca disminuye. Es natural preguntarse: ¿si la temperatura oceánica aumenta y, por lo tanto, disminuye la capacidad de retención de gases como el oxígeno y el CO2, por qué aumenta el CO2 y se acidifican los océanos? La explicación puede ser la siguiente: en los mares tropicales la capacidad de absorción de los GEI está llegando a la saturación, pero al aumentar los GEI en la atmósfera, se produce el fenómeno de aumento de la presión parcial del CO2 sobre la superficie oceánica, incrementando la concentración del CO2 y la consiguiente acidificación oceánica. En los mares fríos, afortunadamente, los niveles de saturación no se han alcanzado y todavía pueden absorber cerca de la cuarta parte de los GEI emitidos por el hombre.

Dentro de la inmensidad de las torpes políticas del Gobierno, al menos una se aparta de esta tendencia: el estímulo a la diversificación de la matriz energética con el apoyo de las energías renovables, en particular la solar y la eólica. El resultado de la reciente convocatoria logró concretar 2.500 megavatios de energías limpias, superior a la capacidad de generación del catastrófico Hidroituango. A medida que se vayan mejorando los sistemas de almacenamiento de las energías renovables, que por su naturaleza son intermitentes, por ejemplo mediante operaciones combinadas de hidroeléctricas y plantas solares, o la producción de hidrógeno, el país hará una sensible contribución a reducir los nocivos efectos del aumento de los GEI.

Nota: en mi columna anterior cometí un error al escribir que la directiva 29 del Ministerio de Defensa, que estimuló los asesinatos de personas indefensas, se emitió en el 2015. En realidad fue en el 2005.

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