Por: Mario Méndez

Corrupción y cultura

Las relaciones de la corrupción con los ámbitos señalados en nuestras anteriores columnas confluyen en lo que entendemos como cultura desde el punto de vista antropológico, es decir, el conjunto de las creaciones materiales y los comportamientos de quienes habitan un espacio social determinado. Por tanto, constituye esta problemática quizá lo más grave de lo que ocurre en el medio colombiano en la materia que viene ocupándonos en estas páginas.

Cuando el delito se presenta con notoria impunidad y encuentra al menos tolerancia de parte de la población, se constituye en una práctica “normal”, así, en sentido figurado, hasta el punto de que si alguien accede a un escenario en que las conductas punibles y no sancionadas son posibles, el común de la gente, con actitud anómica, considera que el sujeto que no aprovecha es un bobo (no puedo decirlo a la manera uránica —por Rigoberto Urán— porque no me funcionan las diéresis para que la Ü quede así, con sus puntitos).

En ese sentido se habla del “cuarto de hora”. Según la moral resquebrajada, ese momento se debe exprimir al máximo cuando se tiene la ocasión de hacerle cacería al billete, no importa en qué forma. Como consecuencia, la réplica de la corrupción de los “grandes” en los estratos que van de las capas medias de la sociedad a los niveles inferiores, tal como lo registran los noticiarios de televisión, se establece como un remedo, sin desconocer, obviamente, que estos flagelos responden a múltiples causas sociales, contradiciendo de paso los estereotipos que hablan de que tal o cual grupo social o regional “es así” por naturaleza.

La cultura, pues, va recogiendo toda esa bazofia que emana de las acciones sociales no aceptables, dándoles a éstas una “validez” que repugna. Y ahí está lo más preocupante de una práctica que se institucionaliza y ofende la sensibilidad de quienes todavía creen —creemos— en la necesidad de preservar el respeto por lo ajeno, máxime cuando se trata de los recursos materiales que configuran lo público, el sector más golpeado por la corrupción que galopa por las oficinas.

Entonces, si no se quiere que nuestra sociedad se vaya definitivamente al diablo, es imperioso comenzar un trabajo intenso con la población infantil, cuyos potenciales ciudadanos debieran encontrar en su proceso formativo los elementos más propicios para una ciudadanía más sana, más digna de la esencia humana que nos caracteriza o debiera caracterizarnos. Pero un propósito de tal naturaleza no es alcanzable ni siquiera en el mediano plazo porque los cambios culturales no se pueden imponer por decreto y comprometen a varias generaciones.

Entre tanto, es de esperar que haya siquiera voluntad política en aquellos que aspiran a gobernar bajo otras lógicas y con miradas más elevadas sobre lo social, y armados de un ánimo resuelto, para pasar del discurso de “que caiga todo el peso de la ley y blablablá…”, a una acción que descarte hacerse el de la vista gacha y convertir en alfiles de un mandato a los corruptos que nos azotan.

Corolario: ¿A quiénes les importará el reto de pensar una sociedad mejor y ayudar a construirla?

* Sociólogo Universidad Nacional.

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