Por: Ignacio Zuleta

Costeño tenía que ser

Rafael Baena, nacido en Barranquilla y autor de la novela La bala vendida, que acaba de ser publicada, se salió con la suya si hablamos de lenguaje. Ya se perfilaba en sus novelas anteriores esa prosa exquisita que nace en el Caribe y remonta campante las moles de los Andes, en donde se aposenta.

Y ahora, en esta última, y muy songo sorongo, Baena nos regala el castellano criollo del siglo diecinueve y su vocabulario de guerras y artefactos y cien parafernalias de la caballería. Y el truco para que estas antiguallas estén vivas, vivísimas, es meterle al tejido de la prosa el desparpajo propio de sus costas abiertas y aquel ritmo secreto, con tonito insolente, de la mejor percusión del rock ’n’ roll que el escritor ha acumulado en sus tímpanos por años. Esa mezcla fluida e intuitiva hace de la lectura de La bala vendida una delicia rara.

El lenguaje, riquísimo en matices de la pluma y del alma, es caldo de cultivo y excusa de la historia. La guerra que enmudece a la mayoría de los colombianos, para Baena es un aprendizaje lleno de fascinación y de tácito espanto que es preciso exponer. Su conocimiento del siglo XIX y sus eternas batallas perdidas de antemano, aunado a la imaginación feraz y bien temperada, forman parte del texto de historia que en las escuelas nunca quisieron enseñarnos. Porque además hay gente, toda clase de gente, y en La bala vendida las que sirven de estrella conductora son, por fin y obviamente, las mujeres.

La narración se centra en Micaela y Débora, mujeres liberales y educadas, tanto más cuanto pertenecen a la tierra y a la hacienda y aún no han adquirido los remilgos burgueses. Por eso entienden de caballos y siembras, de libros y de cuentas, de culinaria y guerra, de política y música, del amor y la muerte. Alrededor de ellas y de sus familiares, se enmaraña la leyenda de la guerra, la de “los mil días”, una más entre cientos. Como buenas mujeres, y como colombianas, ya desde las alcobas o desde la cocina o desde las labores de la enfermería, se agarran a dos manos la cabeza al ver la estupidez de los varones, sus códigos de honor, sus ambiciones, su pérdida de las justas perspectivas de la vida y el desperdicio de sangre y juventud que trae el embeleco de las armas.

No se requiere la intención de hacer caricaturas con los próceres. Basta que el catalejo de Baena se pose en sus figuras y describa la escueta realidad de sus inflados egos, de sus verdaderos intereses disfrazados de ideas partidistas pintadas de azul o colorado, su ineptitud y las improvisaciones de la guerra, para que las charreteras y los sables se transformen en el adorno de unos engreídos payasos de mostacho y botas. Hay valentía, ciertamente, sobre todo en las tropas de campesinos llevados “de cabestro”. Y hay heroísmo, pero casi siempre resulta algo patético cuando las luchas son rencillas sangrientísimas y de pocos alcances nacionales verdaderos, porque no hay en el fondo un gran propósito.

El autor va narrando cómo esta guerra fue el inicio de las posteriores guerras de guerrillas del “Código Maceo”, pues estas tácticas están todavía vivas y afectan el presente. Y esta mirada histórica es muy útil para entender de dónde provenimos y, si nos descuidamos, para qué largo futuro van las luchas intestinas.

 

 

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