Por: Columnista invitado

Crecimiento poblacional: omisión notable en los ODS

Ernesto Ortiz Del Águila - Carlos A.M Soria Dall’Orso*

El crecimiento poblacional humano es uno de los retos ambientales más importantes: Al crecer la población de cualquier especie, ésta presiona sobre los ecosistemas que la sustentan. Un incremento de población supone una mayor carga sobre los ecosistemas, y en términos de la población humana, esta presenta un crecimiento más rápido que los recursos que suponen su supervivencia (Malthus, 1798). Estos recursos presentan un límite y los impactos producidos por cuestiones antrópicas son complejos y van a depender de  su intensidad, extensión, duración y de las tecnologías empleadas (Pengue, 2008).

La población humana se ha venido expandiendo sostenidamente en los últimos 10,000 años. Si bien la segunda guerra mundial y las guerras de todos los días y todos los años acaban recurrentemente con parte de la población, los avances en medicina, acceso a recursos, educación y otros factores incrementan nuestra expansión como especie. La población humana siempre ha demandado recursos para alimento, vivienda, servicios y demás; y desde 1750 con el inicio de la revolución industrial, aumentamos nuestra capacidad de impacto en los modos de vida de otros humanos, con la demanda por energía, el uso de transporte motorizado, agricultura intensiva, entre otros.

El modelo de consumo que asume la población mundial dirigida desde la publicidad y la obsolescencia programada nos llevan a un consumo que es el verdadero reto ambiental que afecta nuestra supervivencia como especie y la de los ecosistemas de los que derivamos nuestro bienestar. Si bien las actividades humanas buscan generar un desarrollo económico y social a partir del aprovechamiento de los recursos naturales cada vez con mayor intensidad debido a una población en aumento, también es cierto que ese aumento tiene que ver con un modelo de crecimiento que se apoya en la visión estereotipada del modo de vida ideal, mejor reflejado en el patrón de vida del 1% del planeta, con una vida de ocio, excesos y dispendio que el planeta no puede soportar.

Jeffrey Sachs señala en La Era del Desarrollo Sostenible (Sachs, 2015, pág. 223) que “la economía mundial ha crecido mucho en relación con unos recursos planetarios finitos”; y es que nos encontramos en un punto donde para satisfacer las actuales necesidades humanas  deberíamos contar con los recursos naturales equivalentes a 1,7 planetas Tierra (Global Footprint Network, 2017).

Los humanos, hemos conquistado la mayoría de los territorios en el planeta, aumentando nuestra población y desplazando a las demás especies, debido a nuestra capacidad de adaptación, cuidado de la salud, acceso a recursos y aumento de la esperanza de vida.

Actualmente somos 7.3 billones de humanos y se espera que lleguemos a los 9.3 billones de habitantes en el año 2050 (Lee, 2011). Este crecimiento ha generado impactos como la disminución general del 58% de especies (peces, mamíferos, aves y reptiles) (WWF, 2016). Desde el año 1500 han desaparecido 338 especies y otras 279 son consideradas como extintas en la naturaleza o enumeradas como posiblemente extintas; siendo estos números conservadores. En los últimos 200 años -correspondientes al apogeo de la sociedad industrial- las tasas de extinción han incrementado y se puede afirmar que de continuar con esta tendencia, nos encontramos ingresando a la sexta extinción, solo que esta vez la causa no es la naturaleza sino las actividades humanas (Ceballos et al., 2015).

Esta pérdida de biodiversidad afecta directamente al bienestar de los servicios ecosistémicos, referidos a las funciones, bienes y servicios que nos aporta la naturaleza como la polinización, la purificación del aire y del agua, la belleza paisajista y la identidad cultural.

Pese a todos estos graves problemas derivados del crecimiento poblacional, éste no ha sido considerado como un tema relevante en la agenda global de sostenibilidad (Objetivos de Desarrollo Sostenible – ODS). Ello puede deberse a diferentes razones como la brecha existente entre las personas y el ambiente, la religión y las costumbres; las cuales pueden ser explicadas como un problema social  que propone continuar con un status quo.

En primer lugar, la población no relaciona el crecimiento poblacional con el aumento en el consumo de recursos y la afectación al ambiente. Ello se debe a la ruptura de la relación entre las personas y el entendimiento de las condiciones necesarias para mantener el ambiente en el que vivimos; considerándolo únicamente como un ente que provee o se le quita para beneficio propio sin el cuidado para que exista una continuidad de sus servicios.

Si bien líderes como el Papa Francisco señalan que el medio ambiente no es una relación entre dos partes (naturaleza y sociedad) sino que ambos son un solo elemento, pues la sociedad está dentro de la naturaleza (Bergoglio, 2015); al mismo tiempo la doctrina de la Iglesia Católica ejerce presión en contra del uso de métodos anticonceptivos para evitar el embarazo (desde el condón hasta el aborto) y alientan métodos considerados inseguros como el moco de Billings. El Papa afirma que “En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. (…) (Bergoglio, 2015, pág. 39)”; aun cuando el argumento es válido, es necesario enfocarse en dichos problemas desde diversos frentes, teniendo en cuenta que el aumento no planificado del número de individuos en las familias es una causa de deterioro del nivel de vida y eventualmente del ambiente.

Una razón importante en favor de una familia numerosa es el hecho de que durante la primera mitad del siglo XX los gobiernos europeos favorecían a las familias numerosas entregando un premio nacional a la familia más numerosa. Este punto de vista permanece aún en el mundo rural de buena parte del planeta, ya no cómo política pública sino como parte del tejido de creencias y costumbres que estimulan un mayor número de individuos en la familia para aportar mano de obra familiar en actividades como la agricultura y la ganadería. Pero de un lado la economía ha cambiado en favor de una mano de obra más educada y capacitada mientras que nuestro impacto se ha acelerado sobre los ecosistemas y las especies. De manera que en el largo plazo una gran mano de obra en el sector agrario no es garantía de crecimiento ni mayor ingreso, pudiendo convertirse en un peso familiar difícil de sostener. Mientras los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) tienen un crecimiento de 0,7%, África crece al 1,8% y las regiones frágiles y con conflictos crecen al 2,4% (Banco Mundial, 2017).

Ante ello, el Estado tiene la responsabilidad de no sucumbir a las diferentes presiones y desarrollar  proyectos sociales donde se dan a conocer formas para evitar el embarazo y los beneficios familiares de contar con un número reducido de individuos – como proveerlos de mejor calidad de vida, educación, entre otros. Así pues el tema del crecimiento poblacional debió considerarse como un factor central entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible, junto con la necesidad de modificar nuestros patrones de consumo, modelos de urbanización, patrones de establecimiento de la producción de alimentos, producción de energía y servicios para el bienestar humano. He aquí el desafío a considerar. 

* Ernesto Ortiz Del Águila es economista y estudiante de Maestría en Gerencia Ambiental de la Universidad de Los Andes, Colombia.

* Carlos A.M Soria Dall’Orso, Ph. D., docente.

 

 

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