Por: César Rodríguez Garavito

Crisis climática, no cambio climático

Las palabras moldean la percepción de la realidad. Un ejemplo son los términos que se han usado para hablar del alza de las temperaturas globales en las últimas décadas. Hasta ahora, han dominado los términos preferidos por la industria de combustibles fósiles. “Cambio climático” y “calentamiento global” suenan graduales y pasivos, como si fueran procesos naturales sin responsables y sin urgencia. Apaciguados por la complacencia que infundía el lenguaje, terminamos desperdiciando los últimos 30 años, que eran vitales para tomar medidas incrementales que previnieran los incendios, la extinción de especies, las inundaciones y demás eventos extremos que ya llegaron.

Es hora de llamar las cosas por su nombre. El primer paso le corresponde a los profesionales de la comunicación, comenzando por medios como El Espectador y quienes tenemos una voz en ellos. El ejemplo lo puso hace un par de semanas el diario británico The Guardian, que cambió su guía de estilo para abandonar la expresión “cambio climático” y reemplazarla por “crisis climática” o “emergencia climática”. Con ello refleja el consenso científico, recogido en el último informe del panel gubernamental de la ONU sobre calentamiento global, que muestra que tenemos solo diez años para reducir a la mitad las emisiones de carbono si queremos evitar los escenarios más catastróficos. Escenarios que serían inevitables si seguimos quemando combustibles fósiles, comiendo carne y deforestando al ritmo actual, que nos haría pasar de largo la meta de 1,5 °C de calentamiento y nos encaminaría a finales de siglo hacia un planeta tres o cuatro grados más caliente que en los tiempos preindustriales.

En ese planeta, países tropicales como Colombia se harían inhabitables y habría una migración masiva hacia los extremos norte y sur del planeta, como lo recordó Gaia Vince en el mismo Guardian y lo retrata sin reato el periodista David Wallace en ese libro imperdible que es Un planeta inhabitable.

Es más: cuando los humanos estamos cerca de causar la sexta gran extinción de especies en la historia del planeta —la primera causada por una de ellas—, hay que nombrarla sin eufemismos. El millón de especies que desaparecería en los próximos años por la deforestación, la crisis climática y el consumismo no serían una gaseosa “pérdida de biodiversidad”, como se suele decir. Sería, como la llama The Guardian, una extinción catastrófica de “vida de animales y plantas” que afectaría profundamente la posibilidad de la vida humana en la tierra.

Actualizar el lenguaje es una medida necesaria aunque insuficiente para cambiar la realidad. Pero es el primer paso para promover acciones urgentes como las huelgas y las protestas globales sobre la emergencia climática programadas en todo el mundo para el viernes 20 de septiembre, en solidaridad con las huelgas que estudiantes jóvenes vienen haciendo cada viernes para exigir medidas contundentes. Cuando la casa arde, no se está ante un cambio, sino ante una emergencia existencial que hay que atender en consecuencia.

 

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