Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Cuadernos de la violencia

La Fundación Tropenbos Colombia acaba de presentar el libro Cuadernos de la violencia. Memorias de infancia en Villarrica y Sumapaz, que recoge los escritos de Jaime Jara Gómez.

Jara fue un campesino colombiano que, como muchos otros, padeció desde su infancia los estragos de la guerra. Sus relatos nos permiten conocer aspectos esenciales de nuestra realidad rural, que la gran mayoría urbana desconocemos y que se configura en la cotidianidad de muchas familias campesinas que nacen y mueren en la confrontación armada.

El autor nos cuenta vivencias y sentimientos de un niño cuyo único delito es haber nacido en una región de luchas campesinas por el acceso a la tierra y a una vida digna dedicada a la pequeña producción agrícola. Pertenecía a una familia campesina liberal de Villarrica (Tolima), nació de un lado del conflicto y eso determinaba a qué bando debía pertenecer.

Desde pequeño sufrió la persecución por parte de los conservadores y desde la edad de ocho años sirvió de apoyo logístico a la guerrilla liberal, a la cual pertenecían su padre y hermanos, y apoyaban su madre y hermanas. Vivían en el campo de guerra, enfermaban debido a los bombardeos con napalm y veían cómo las bombas destruían sus cultivos y contaminaban las aguas.

Jara fue líder comunitario, miembro del Partido Comunista y de la Unión Patriótica. Conocimos a Jara cuando, por iniciativa de algunos amigos liderados por Mario Calderón, se gestaba la idea de hacer conservación desde la sociedad civil en la parte alta de la cuenca del Sumapaz, cubierta por uno de los remanentes de bosques de niebla más importantes de la cordillera Oriental. Nos propusimos crear la reserva natural Suma-Paz y Jara inicialmente fue antagonista, pues parte de su vida fue aserrador, como cuentan sus hijos en el libro.

Las diferencias nos acercaron. No estábamos de acuerdo con el uso del suelo, pero las conversaciones como vecinos nos permitieron escuchar, respetar y comprender cómo las historias de vida llevan a tomar ciertas decisiones (en este caso ser aserrador). Desde ahí planteamos diálogo y acercamiento. Unidos por el propósito de conservar el agua, Jara terminó apoyándonos en la gestión de la reserva natural. En el proceso, Mario escuchó sus historias y lo impulsó y apoyó para que escribiera sus memorias.

Después del bombardeo y la toma de Casa Verde (río Duda, 1990) realizada por el Ejército, se dispersó la guerrilla y muchos llegaron a Cabrera. Jara, por su condición de líder popular, fue perseguido inicialmente por el Ejército y luego por la guerrilla. Dado que no se alineó con ninguno de los dos bandos, siempre fue señalado de servir al contrario. En 1999, a sus 54 años, fue asesinado en medio del conflicto. Para Jara la guerra fue infinita. Ahora que hablamos de paz y reparación a las víctimas, la familia de Jara debería ser considerada, pues él murió sin derecho a ejercer su defensa.

Historias como la suya deben hacernos reaccionar y actuar para que ningún niño ni niña vuelva a ser víctima del conflicto armado. Debemos evitar que la guerra siga siendo ese hecho bárbaro, que ensombrece la cotidianidad de muchas vidas en Colombia.

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