Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Cuál es la apuesta?

HACE UNOS DÍAS MAURICIO RODRÍguez sacó una interesante columna, preguntándose qué nos faltaba para tener un desempeño económico como el de China.

En efecto, China ha vivido ya varios lustros de impresionante crecimiento. Algo parecido a lo de Corea del Sur en la década de los 60. En ese entonces era un país más pobre que Colombia. Ahora tiene varias veces nuestro ingreso per cápita, y nos exporta automóviles.

La pregunta, pues, es muy importante. Rodríguez sugirió varias respuestas, pero creo que a su lista le faltan varios elementos cruciales. El primero es la transformación de las estructuras agrarias. No creo que haya un solo ejemplo (salvo, quizás, Malasia, y esto por razones completamente particulares a ese país) de alguien que haya emprendido un camino de desarrollo acelerado sin haber hecho esa tarea.

Se trata de una constante, y tiene poco o nada que ver con la fractura izquierda derecha: tanto los dictadores amigos de Estados Unidos de Corea como los comunistas chinos (también los demócratas italianos) la llevaron a cabo. La conexión es fácil de establecer. Cuando productores muy ineficientes son a la vez muy poderosos, pueden hacerse a canales de influencia para defender sus intereses –lo cual deteriora la eficiencia de la sociedad en su conjunto–.

En Colombia la situación es aún peor, pues nuestro campo ha vivido un brutal proceso de criminalización (y no sólo por cuenta del narco). No creo que tengamos la menor oportunidad de pensar en serio un “milagro económico colombiano” cargando con el peso muerto de terratenientes terriblemente ineficaces, maleados, y con un enorme peso político (y sí, también militar. Los optimistas dirán “todavía”).

Pero esto, que es un problema, abre una ventana de oportunidad: pues el mismo grado de criminalización de nuestro agro permitiría impulsar cambios vigorosos con amplio apoyo internacional. Que esto no haya sucedido, pese a los réditos obvios que podría rendir, sólo ilustra el poder de las largas redes tejidas alrededor de esta dinámica del atraso (piensen en los casos de Carimagua, de Habib Merek, etc.).

El segundo tiene que ver con la inversión en ciencia y tecnología.  Desde comienzos de la década de los 90, cuando se produjo en Colombia un avance positivo, la inversión pública en ciencia y tecnología ha fluctuado. Sin embargo, la privada sigue estando en niveles miserablemente bajos. Simplemente, los empresarios no la ven como una condición necesaria para la competitividad.

En los países que Rodríguez mira –con razón– como un punto de referencia, un puntal de avance en este terreno fueron los emprendimientos estatales-privados. ¿Cómo se pudo llegar allá? A través de una política industrial vigorosa, utilizando las palancas regulatorias que tiene el estado, y trazándose metas claramente definidas (no: no sueños, ni cartas a Papá Noel, ni consignas estilo “¡vamos Colombia!”) de mediano y largo plazo.

Esto, naturalmente, contrasta con la microgerencia de las pequeñas peticiones de todos los menesterosos (que va desde girar cheques hasta dar toda clase de exenciones de impuestos a parches). Fueron las apuestas grandes, un sistema de incentivos duro que favorece de manera muy clara a los más eficientes, y una mentalidad de largo plazo, los factores que permitieron los milagros asiáticos, que admiramos a lo lejos y con un poco de la nostalgia al estilo de lo que pudo haber sido y no fue.

Hay aún otros temas cruciales (tasas de ahorros, impuestos). Pero la reflexión que propone Rodríguez tiene mucho sentido. Creo que cualquier análisis cuidadoso muestra que falta un trecho enorme por recorrer.

 

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