26 Feb 2021 - 3:00 a. m.

Cuando los ciudadanos se liberaron de los políticos

La pandemia precipitó un cambio de fondo en nuestra manera de vivir y de convivir, cada vez más directa e inmediata, al borrarse a lo largo del último medio siglo las eternas barreras de tiempo y espacio, propias de la vida en la Tierra. Ya las intermediaciones y representaciones o delegaciones se hicieron innecesarias y obsoletas. Atrás van quedando esas prácticas con sus estériles “costos de transacción” económicos y políticos, fuente de sobreprecios y de corrupción que se hicieron innecesarios. Las sociedades, en la medida en que avanzaban en conectividad, se fueron liberando de instancias e intermediarios para los intercambios de bienes y servicios, el acceso a la información y el ejercicio de los derechos políticos. Con esos cambios las actividades comerciales, periodísticas y políticas tradicionales se volvieron obsoletas no porque hubieran perdido su importancia, sino porque ya el ciudadano sin intermediarios podía acceder directamente a sus productos.

La prensa escrita, bastión del periodismo por más de 200 años, hoy está acorralada cuando no herida de muerte, principalmente por las redes que convirtieron a todo ciudadano con un celular en la mano en un periodista y opinador que “transmite en vivo y en directo”, sin análisis ni reflexión, y lo hace en medio de la más absoluta libertad, por no decir impunidad, dando pie o alimentando mentiras (fake news) o distorsiones y acomodamientos de la realidad, consciente o inconscientemente, con fines diferentes a los de simplemente informar. Esa manipulación informática empobrece la calidad y seriedad de la necesaria discusión pública exigida por la democracia, además dificulta y en el límite impide la identificación de objetivos y problemas que interesan al conjunto de la ciudadanía, al alimentar una polarización emocional que llega a afectar la convivencia y la dinámica democrática, abriéndoles espacio a posiciones radicales taquilleras.

El proceso equivalente y de alguna manera complementario, que igualmente se ha transformado con la pandemia, se da en el espacio político con la entronización de una práctica política sin partidos, secuestrada por la lógica del caudillismo y alimentada por la prensa de las redes y la carga de las emociones imperantes. Los partidos decimonónicos, hoy en una crisis universal, son hijos de la Modernidad, expresión institucional de una racionalidad concebida para contrarrestar el absolutismo monárquico. Organizaciones permanentes, no coyunturales como ahora, para permitir la intervención indirecta de los ciudadanos en las decisiones públicas. Partidos portadores de propuestas y posiciones con las que se identificaban o al menos compartían sus adherentes y simpatizantes, constituyéndose en el medio para elegir a los representantes de esos ciudadanos en los cuerpos colegiados, donde debían actuar como voceros y defensores de las propuestas del partido votadas.

Los partidos como instituciones —que no necesariamente las ideas que los definen y supuestamente defienden— se fueron desgastando y deslegitimando por corruptos, promeseros y faltones con sus electores y adherentes. En Colombia, su espacio y relación con los ciudadanos lo ocuparon rápidamente y de manera personal los políticos, especialmente los que venían del trabajo directo con los ciudadanos en barrios y veredas, desplazando a los notables que desde siempre los habían mangoneado. Prensa y partidos eran la fuente de información y de dirección de la opinión, que con todos los sesgos del caso era más fundamentada que la actual de las redes y tenía propósitos más explícitos.

En Colombia, donde se ha mantenido un bipartidismo formal —especie en extinción en el mundo pero igualmente sobreviviente en el anglosajón—, la Constitución del 91 terminó su monopolio histórico de la política, con resultados complicados de evaluar pero que indudablemente abrieron las puertas para un proceso de su desinstitucionalización y consiguiente personalización por líderes mesiánicos con rasgos caudillistas —Álvaro Uribe, Gustavo Petro—, muy en la tónica mundial. Parodiando el dicho, a falta de partidos, buenas son coaliciones como las que se cocinan para el 2022. Veremos si la receta le sirve al país en las circunstancias excepcionales del presente y al menos del próximo futuro.

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