Cuando nos volvamos a encontrar

“Ahora que la salud es el centro de nuestras vidas queremos comer sano; ahora que no podemos salir, revalorizamos la comida hecha a mano”. Martín Caparrós (periodista y escritor argentino, autor de El hambre).

Me acuerdo y todavía me parece increíble que pueda existir gente que se refiera despectivamente a la comida: “fuchi”, “guácalas”, “qué asco”… Una cosa es que uno haya optado por una alimentación que restrinja alimentos y otra cosa es que de tajo se refieran así a la comida, y creo que esta época nos ha hecho resignificar todo, inclusive el valor de los alimentos.

Mi mamá siempre me repite que la comida es una bendición y que por eso no se bota ni se desperdicia. Creo que ya estamos entendiendo en este planeta lo que eso significa, ahora que todos somos uno, que lo que llevemos de más en un supermercado o una plaza hace falta a los otros, o lo que botamos a la caneca estando en buen estado (así creamos que está vencido) es lo que quizá alimentaría a toda una familia. Tuvo que llegar un virus para hacernos entender el valor real de cada vianda que aterriza en nuestras mesas.

Yo tengo que confesar que como buena cocinera tenía el congelador lleno del festival del paquetico, incluidas las conocidas carnes sorpresa (esas que uno va congelando de a pocos y después ya ni sabe qué es), champiñones y verduras como si fuera a poner un negocio de congelados pero que además había olvidado marcar, arepas de todos los colores y sabores, embutidos de apariencias extrañas, casi zombis, y muchas coquitas con comida que quedaba después de cocinar y me daba pesar desperdiciar. Y no saben las lecciones aprendidas, pues nos hemos alimentado por más de dos meses con todos esos tesoros que, aunque no lo crean, estaban en perfecto estado y han sido un festín de la improvisación y la nueva cocina a lo Madame Papita.

Con las carnes sorpresa (la mayoría molidas o las descongelo y las muelo) hemos hecho desde unos ragús maravillosos, hasta lasañas y carne molida con buenos aliños y hierbas; los embutidos nos han dado la posibilidad de hacer asados increíbles; las verduras han llegado a ser sopas y cremas de gran variedad; panes, masas de pandeyucas y arepas incógnitas han acompañado unos desayunos fantásticos, y por supuesto las pulpas de “quién sabe qué será eso” han sido hasta motivo de concurso para ver quién adivina de qué es el jugo del almuerzo. Lo mejor de todo es que, aparte de alimentarnos, nada nos ha caído mal, todo ha sido una bendición, como encontrar un cofre secreto de joyas que nunca mirábamos y que creíamos que no valían nada.

Parte de reinventarnos es darle la vuelta a la alacena o el congelador, organizar listas de lo que tenemos y buscar recetas prácticas para las comidas diarias. Parte también del ejercicio es pensar que cada alimento que adquirimos tiene una cadena de etapas hasta que llega a nuestros hogares, de cultivo, de empaque, de transporte, y que entre más cercano esté, más apoyamos lo nuestro y comemos más fresco. Parafraseando a Stuart Gillespie, investigador del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias, es necesario un compromiso mucho mayor y normativas que incentiven la producción de alimentos ricos en nutrientes y limiten los perjudiciales ultraprocesados. Creería que en Colombia vamos bien y que desde esta casa y este espacio semanal seguiremos incentivando a nuestros cultivadores.

@Chefguty

 

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