Por: Arlene B. Tickner

Cuba posCastro

El cambio de liderazgo en Cuba no es cosa de todos los años.  Solo ha ocurrido una vez desde la Revolución de 1959  –cuando Raúl Castro reemplazó a su hermano Fidel– haciendo de la selección de un sucesor un hecho trascendente.   En este proceso  –que inicia hoy– ya no figurará nadie de la “generación histórica” sino sus herederos. Y si no hay sorpresas, el primer vicepresidente, Miguel Díaz-Canel –leal, trabajador y de bajo perfil– será el elegido, aunque Raúl seguirá encabezando el Partido Comunista hasta 2021, con lo cual es de esperar que siga gobernando al lado de su elegido en la sombra.

Al asumir el poder en 2008, Castro emprendió la renovación del sistema socialista que él mismo ayudó a construir con miras a garantizar su sobrevivencia, y de paso, la del régimen.  Entre sus iniciativas más importantes, se destacan la reforma (inconclusa) del sistema monetario dual, el fomento de la iniciativa privada (incluyendo la compra-venta de vivienda), la liberalización de las comunicaciones personales, la eliminación de permisos de salida, la flexibilización de la política de remesas, la fijación de límites al ejercicio de cargos públicos, y más recientemente, la normalización de relaciones con Estados Unidos.

Pese a lo anterior, los problemas irresueltos que enfrentará el nuevo líder son formidables, comenzando por la anemia de la economía.  Aunque el número de cubanos que trabaja en el sector privado se ha triplicado, 75% de la mano de obra sigue siendo empleada por el Estado.  Además de que las dos monedas han agravado la desigualdad entre quienes laboran en ambos sectores –el ingreso mensual público es apenas unos USD$31–, la suspensión de nuevas licencias para cooperativas y actividades privadas vinculadas al turismo (como casas particulares, restaurantes y guías) y la creación de restricciones sobre éstas ha frenado su desarrollo, mientras que el estancamiento económico constriñe la disponibilidad de empleos públicos.  Por su parte, la crisis de Venezuela ha reducido dramáticamente el abastecimiento de petróleo y el empleo de médicos y maestros (entre otros profesionales) en dicho país, evocando el fantasma del “periodo especial” de los noventa y la “austeridad energética”.

A su vez, hay más de 5 millones de celulares en Cuba (portados por sus casi 11.5 millones de habitantes) y el uso del internet ha aumentado significativamente, lo cual ha redundado en mayor conectividad mundial y más espacios de críticas al régimen.  Finalmente, la renovación de tensiones con Estados Unidos enturbia el panorama económico y político al plantear la posible afectación del turismo y el comercio (que existe pese al embargo) y el endurecimiento de las posiciones estadounidenses frente a la Isla.

Aunque es de esperar que la continuidad se sobreponga al cambio, y que el nuevo Gobierno mantenga sinergia con las políticas de Castro con miras a asegurar su legitimidad ante el Partido, también es importante señalar que su autoridad ante los cubanos ya no se podrá beneficiar del carisma de Fidel ni la mística de la “vieja guardia”, sino que dependerá de su efectividad y resultados.  Si bien las inquietudes de la población cubana gravitan en torno a la economía, queda por verse, a partir de allí si la reforma política se entromete lentamente en la agenda.

 

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