Por: Ignacio Zuleta

Cuentos que nos comemos y peligrosos mitos embusteros

¿Que los colombianos no comemos cuento? He ahí el primer cuento que tragamos entero. Somos especialistas en decirnos mentiras. Aunque en esta columna van ejemplos de algunos autoengaños o ignorancias compartidas, la lista no termina, y quizás los lectores pudieran completarla.

Todos hemos oído el discurso del taxista en el trancón: “Es que faltan vías, y, de encime, se comieron un carril para las bicicletas...”. Pues no, señor taxista. Permítame decirle que el problema no es de vías. El lío se remonta a la invención del automóvil, un negocio que nace del sueño americano y de la sociedad de consumo, auspiciado por las petroleras que proveen el combustible tóxico del monstruo. En Beijing hay vías de 18 carriles, colapsadas, así que por ahí no son las cosas. ¿Que los carros eléctricos? Otro embuste: ocupan un espacio similar, tienen llantas que van a parar al botadero, perpetúan la idea de “mi carro” como medio de transporte. Lo que faltan son sistemas eficientes de transporte público impulsados por energías limpias, entre ellos su aborrecida bicicleta. Pero no hemos logrado un metro en Bogotá, Cali ya pide a gritos un tren que le conecte sus extendidos puntos cardinales y está, como Barranquilla o Medellín, al borde del colapso. (Mientras esta explicación pasa por la cabeza, pues el taxista va de mal humor, en la radio ofrecen el último modelo del sueño automotor, cómodas cuotas).

Una segunda fábula relacionada con la inseguridad se resume en la frase “hacen falta policías” y su quimérica hermana de “endurecer las penas”. Es la vieja mentira de vender el sofá de los adúlteros, sin entrar a mirar cuáles son las causas verdaderas. No queremos ver que los cinturones de miseria, el microtráfico, la delincuencia común, las pandillas urbanas, los paramilitares y la guerrilla son problemas estructurales nacidos de la inequidad en la tenencia de la tierra, o de los gringos consumiendo cocaína, o de la carencia de una educación universal de calidad, o de la corrupción de los políticos... Así que esta ficción de mano dura y justicia punitiva es estrategia de poder como lo condensa Carolina Sanín: “Cuando el deseo más intenso es ver al otro castigado incluso antes de ser juzgado, la comunidad está desintegrada. Es el terror”. La policia está para servir, pero esa vigilancia paranoide no es más que una máscara grotesca para perpetuar los privilegios de unos pocos y tapar las falencias de un sistema inviable.

Hay otro mito perverso y peligroso, que hace correr la bola de que en Colombia —según cifras del DANE— casi el 95% de la población está alfabetizada. La realidad es otra, y es la madre del atraso, la ignorancia y la manipulación económica y política: no sabemos leer, ni leemos, ni hay comprensión de lectura en una proporción que parece ser exactamente la inversa de las cifras oficiales. Pregúntele a cualquier profesora de secundaria o de estudios superiores, constátelo en sus mensajes de WhatsApp que contengan más de dos ideas, o trate de hacerle entender al tipo del call center palabras que se salgan de validar, manejar, espera en línea o como tal. Hago la siguiente apuesta: que de las 88.000 palabras del diccionario de la RAE, un colombiano no pasa de las 1.000, no se ha leído más de tres libros en el año, tiene una ortografía de escuela elemental y no puede leer en voz alta y de corrido. Y decirnos la mentira perpetúa el drama de la incomunicación social, impide el desarrollo cognitivo y nos hace creer que somos cultos cuando en verdad no pasamos de mitómanos.

 

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