Solitud y pobreza

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“The cure for loneliness is solitude.” (El remedio para la soledad es solitud.) Marianne Moore

“Los padres más visionarios serán los que entiendan que la mejor herencia que pueden dejar a sus hijos son los hábitos de pobreza, porque la gente más preparada para hacerle frente al futuro será aquella que los haya adquirido.” María Carrizosa de Umaña

“Al final, este MA propio consiste en nuestra fuente más propicia de creación.” Coralie Maccagno

El pasado 18 de abril publiqué en el diario El Tiempo una reflexión sobre el lugar del cuerpo humano en la nueva realidad en la que estamos inmersos: la era del Coronavirus. La ReVista del Instituto David Rockefeller de la Universidad de Harvard, el blog del Centro Rapoport para los DD. HH. de la Universidad de Texas, al igual que la página Parliament of Dreams (Parlamento de Sueños) del investigador británico Francois Matarasso decidieron también publicarla. En ella, además de preguntarme, no sin angustia, cuál será el futuro de nuestro oficio --la danza-- y de las otras artes vivas, las artes y disciplinas del cuerpo (incluyendo los deportes), me referí al concepto japonés del MA (pausa, intervalo, vacío positivo, “nada preñada”, etc) en relación con el mal llamado ‘distanciamiento social’... Y digo mal, pues la OMS ha recomendado hablar más bien de distanciamiento físico. Calificar de social este desgarramiento es una forma de ahondar en la herida y aumenta la sensación de aislamiento y fragmentación que ya estamos experimentando los seres humanos por el pavor al contagio. La noción de MA, esencial en la cultura japonesa, valora positivamente la distancia, el intervalo, el espacio entre los seres y las cosas, el derecho a la privacidad y la intimidad, el silencio y el vacío.

Y hablaba yo en mi texto de como este MA (negativo) que nos ha impuesto la Maestra Pandemia (como me me gusta llamarla) lo sentimos como una suerte de castigo, de sanción cósmica por la falta de cuidado que hemos tenido los unos con los otros y con nuestro entorno natural planetario.

Con mis alumnos de El Colegio del Cuerpo tenemos sesiones semanales de lectura y de escritura creativa. Luego de leer juntos este ensayo (utilizando la gélida e impersonal plataforma Zoom, como nos toca a todos ahora) la joven estudiante francesa Coralie Maccagno hizo una sorprendente relectura de mi texto, que no sólo contribuyó a ampliar su significado, sino que enriqueció mi propia comprensión sobre este sofisticado concepto estético, ético, filosófico de la cultura japonesa. Coralie primero despojó a la pandemia de cualquier connotación moral judeocristiana de castigo, por las afrentas de la humanidad hacia el planeta y enunció esta pausa impuesta, más como una suerte de oportunidad que nos está ofreciendo la vida de “parar” un momento: el MA como “la pausa que este sistema capitalista super acelerado necesitaba”. Y al encierro físico como una forma de confrontación, “no con nuestro caos sino con nuestro universo propio: un mundo de posibilidades creativas”. La prisión del confinamiento “se vuelve una ventana sobre otra realidad, una posibilidad infinita de creación propia”, concluye.

Y quiero conectar la reflexión de Coralie con un premonitorio texto que llegó a mis manos hace unos días firmado por la “trabajadora social” María Carrizosa de Umaña en 1982 (¡hace 38 años!) y que tituló El mundo en que tendremos que vivir. Mi padre, por razones que desconozco, recortó de un periódico este texto para mi hermana Ximena junto con el poema “Tanto como puedas” de Kavafis. En el artículo, María Carrizosa hace una distinción muy esclarecedora entre los conceptos de pobreza y miseria y lanza un llamado profético a la humanidad, equiparando la pobreza a la austeridad y a la vida sencilla y a la miseria como sinónimo y consecuencia del despilfarro y la inconsciencia de los ricos. “La nada preñada” del MA, a la que hace referencia Coralie, se emparenta entonces con la pobreza (positiva) de María Carrizosa y con la solitud de Marianne Moore, que quise traer como primer epígrafe de este artículo, en oposición a vacío, miseria y soledad.

Si afirmamos entonces que lo contrario de la riqueza no es la pobreza sino la dignidad, podríamos decir que lo contrario de la soledad no es la compañía sino la solitud (bella palabra en desuso que sugiere el disfrute de estar con uno mismo, la riqueza del mundo interior). El teólogo Paul Tillich habla de la solitud como “la gloria de estar solo” en oposición a la soledad que es “la pena, el dolor de estar solo”. Solitud, pobreza y MA: el vacío lleno.

Otras nociones de riqueza, plenitud y compañía tendremos que “reinventarnos” los seres humanos si queremos sobrevivir como especie a la posguerra: al paso arrasador y dolorosamente aleccionador de la pandemia.

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