Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Cultura de desmonte y confrontación

La cuenca del río Machetá, entre los 2.000 y los 3.200 metros de altura, zona de minifundio en la parte baja y de medianas y grandes propiedades en la parte alta, es síntesis del conflicto que vivimos en la mayor parte de las cuencas andinas.

Con intensidad se vive la contradicción entre escasez y desmonte. Hay escasez y confrontación por la apropiación del agua para consumo humano, animal y agrícola. Sin embargo, se avanza con el desmonte para ampliar áreas de cultivo y pastos, extinguiendo los relictos de bosque andino —reguladores hídricos— y limitando a nivel predial la presencia de árboles, considerados competidores de pasto y cultivos. Campesinos y terratenientes talan hasta el borde de las quebradas y nacimientos de agua, generando creciente deterioro e insostenibilidad productiva en la región.

La disminución de la producción agropecuaria, acelerada por los climas extremos, promueve la migración de los jóvenes a la ciudad y resulta en abandono y mayor empobrecimiento del campo. En busca de recursos para sobrevivir y apoyar el establecimiento de sus hijos en centros urbanos, varios campesinos venden parte o la totalidad de sus predios, dando ingreso a jubilados y jóvenes urbanos más o menos acomodados, que con su cultura “postindustrial” buscan escapar de la contaminación y el estrés de la ciudad. Estos nuevos habitantes traen el sueño de la ecología e inician procesos de recuperación de la cobertura vegetal, establecen incipientes cultivos orgánicos y nuevas propuestas para el uso del suelo, incluido el ecoturismo.

Sobre los 2.500 metros, “la papa sigue siendo el rey”. Los camperos de los empresarios de la papa recorren los caminos; llevan tractores de tres discos y alquilan tierras descansadas o recién deforestadas para establecer monocultivos de papa. El campesino propietario —quien ha heredado la tierra de sus padres, quienes talaron grandes extensiones de bosque alto andino— recibe parte de la producción y ve cómo la parte fértil de sus tierras es pulverizada por la maquinaria, para luego ser arrastradas por las lluvias hacia el río. Una vez extraída la papa, vendrán pastadas pobres que mantendrán flacas vacas paramunas, productoras de leche que en forma de queso campesino genera una pequeña entrada para sobrevivir en el páramo y alimentar a los hijos de cachetes colorados y sueños urbanos.

Sobre los 3.000 metros encontramos la laguna del Cerro o de La Petaca, que está en el municipio de Machetá y fue comprada por los habitantes del municipio de Manta para ser conservada como fuente de agua. Hoy ya hay preocupación por falta de agua en épocas secas y hay tensiones entre Manta y Machetá. A este lindo paraje natural se puede llegar usando un bello camino real que ha sido parcialmente destruido por la construcción de carreteables, que, sin apreciar el importante valor histórico del camino empedrado, son abiertos para dar vía a los camiones que recogen la papa.

En la zona andina, la destrucción de las cuencas nos obliga a repensar la manera de ocupar y manejar el territorio, buscando que tradición y modernidad se encuentren y logren una confluencia positiva que permita conservar el agua, mejorar la calidad de vida y gestionar territorios sostenibles para nosotros y nuestros nietos. Reto relevante para los espacios urbanos y rurales, pues para todos es importante la regulación hídrica.

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2019-01-09T00:00:41-05:00

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