El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Currutacos

Andrés Hoyos

29 de septiembre de 2009 - 09:31 p. m.

LA PRIMERA EDICIÓN DE NOTICIA DE un secuestro incluía varias imprecisiones sobre Medellín y al menos una errata muy cruda que pasaron por alto los editores catalanes.

PUBLICIDAD

A la hora de contestar al teléfono, alguien decía: “¿Haber?” (no “¿A ver?”), lo que en su momento me llevó a fantasear una respuesta: “Depende, ¿qué buscar?”.

Pues bien, un amigo escritor de sólidos fundamentos le señaló a Gabo los errores y, en vez de los agradecimientos esperados, oyó que el del bigote fulminaba: “En Colombia no hay críticos, hay correctores de pruebas”.

Debo decir que en mi vida de editor me he despelucado varias veces con los correctores de pruebas y que me parecen necesarios, pues la pulcritud en los textos contribuye a la lectura placentera. Otra cosa es que una versión extrema de su ideología se imponga y triunfen los reducidores de cabezas.

Nadie sabe de dónde salen tantos guardianes de la gramática y de la “pureza” de algo tan impuro como el lenguaje, apegados al psicorrígido Diccionario de la Real Academia como si fueran las Sagradas Escrituras. Para ellos, moscorrofios jartos, godazos que ponen mucho pereque, está prohibido fetecuar como hacemos en Colombia. ¿Por qué razón ha de haber una sola manera correcta de expresarse? Famoso fue por su furia correctora un tal Diego de Clemencín —siempre se me olvida el nombre y tengo que consultarlo—, académico él, a quien no se le ocurrió nada mejor que escribir casi seis mil glosas al Quijote, en las que tiro por tiro le enmienda la plana a Cervantes en tono exaltado: ¡cómo se le ocurre, señor Cervantes! Al final de la edición de Aguilar dice: “La muerte no permitió al señor Clemencín terminar este trabajo”. ¿Iba en mil páginas y no había terminado?

Demos de una buena vez sepultura a la idea de que la existencia de sinónimos es razón suficiente para no importar palabras, pues mientras más sinónimos hay, más surgen connotaciones nuevas. Por ejemplo, a los académicos les resultó imposible detener el ingreso al español de la palabra “inusual” (unusual), pues no es el equivalente estricto de raro, atípico, extraño, insólito e inusitado. También se les mojó la pólvora contra “líder” (leader), “liderazgo” y “liderar”, pues un líder no es un jefe, un caudillo o un cabecilla. Y así miles de veces.

Decía Unamuno: “que inventen ellos”. Ok, don Miguel, pero entonces tocará que también nombren (sic) ellos, porque es cursi pretender llamar “campero” a un jeep (tal vez a un Lada) o inventarse un vocablo como “baipás”, para evitar el anglicismo by-pass. A veces funciona la castellanización, como en “béisbol” o en “coctel”, pero las más de las veces no funciona. Un “güisqui” seguramente es un bebistrajo espantoso a juzgar por la palabra, “balompié” es lo que se juega en tercera división y “emparedado” es una forma de tortura, no un sándwich. El uso manda, no la academia. Eso es todo.

A mí me gusta usar expresiones importadas. Digo “predicamento” en el sentido de intríngulis, digo “eventualmente” por finalmente, digo “hall” o “lobby”, en vez del horrible vestíbulo, y “enervar” en el sentido de irritar. Y no me agarran ni capado poniéndole cursivas a “ballet”, como exige la academia.

Tuve que discutir durante doce años estos temas con los correctores de prueba de El Malpensante, así que no ignoro las versiones ortodoxas, de modo que si uso las otras es porque me da la gana. ¿Tienen algún problema con eso los currutacos? De malas, que lean otra cosa.

 

andreshoyos@elmalpensante.com

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.