Por: Marc Hofstetter

De cobijas y derroches

Los ministros de hacienda están a cargo de una cobija corta. La sociedad estira con sus peticiones sus puntas destapando otras porciones de la sociedad. Así, si los indígenas piden billones y el gobierno se los otorga, otros quedarán descubiertos; si los estudiantes fuerzan mayores gastos en su sector, unos más pasarán frío; si nos negamos a reformar nuestro sistema pensional, seguiremos usando la cuarta parte de la cobija para atender a unos cuantos privilegiados.

El ministro trató de agrandar la cobija el año pasado con la ley de financiamiento. Nos contó que le faltaban 14 billones de pesos en ingresos en 2019 para cubrir a los que su programa quería acobijar. Pero el legislativo solo aprobó la mitad del ensanche solicitado. Cuando un gobierno no logra cubrir sus necesidades o deseos de gasto con recaudo tributario, se endeuda. Eso, en plata blanca, quiere decir agrandar la cobija de la generación presente con cargo a la futura: serán las generaciones que vienen quienes paguen con menos cobija para ellos el calorcito que el gobierno nos dio.

Pero en Colombia el gobierno no puede tener el déficit que le plazca: debe cumplir los límites que marca la regla fiscal. Así que el gobierno acudió al comité consultivo de la regla, que decide ese límite, y lo convenció de agrandarlo—de permitirle una cobija más grande con cargo a las generaciones futuras. El argumento esgrimido es que el gobierno debe enfrentar gastos imprevistos, en particular, aquellos generados por la migración venezolana. Pero la migración venezolana, no nos engañemos, no es imprevista: llevamos varios años del fenómeno y con certeza su magnitud ya era clara cuando tramitamos la ley de financiamiento. El gobierno ha debido incorporar esas necesidades en dicha ley. Pero, incapaz de convencer a los colombianos de hacer un esfuerzo tributario—que  bien habría podido ser temporal si el argumento es que la migración representa un aumento de gastos transitorio—prefirió la ruta fácil de endeudarse más ahora y dejarle a las generaciones futuras las obligaciones y a los gobiernos futuros el costo político de cobrarlas.

La regla fiscal se diseñó para que el gobierno pudiera aumentar el gasto y el déficit durante los tiempos de actividad económica deprimida. Por eso los déficits permitidos por la regla crecieron luego de la caída de los precios del petróleo de 2014. A medida que la actividad ha ido recuperándose, la regla exigía que el déficit del gobierno se cerrara; ese ajuste, con los cambios anunciados el viernes, se retrasará.

Si nos llegan de nuevo vientos fríos como los de 2009 o 2014 el gobierno no tendrá cobija suficiente, ni espacio para estirarla. A diferencia de las crisis de 2009 y 2014, nos quedamos con bajas defensas fiscales para enfrentar otro vaivén como esos. Eso es una mala política pública, una política paradójica viniendo de un gobierno que cabalgó al poder sobre la falacia de que su antecesor (que siempre cumplió la regla fiscal) era el adalid del derroche.

@mahofste

 

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