De décadas perdidas

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En los años 70 del siglo pasado se plantaron las semillas de la década perdida de América Latina —la de los 80—. Una gran liquidez internacional, soportada por muy favorables precios de las materias primas y por políticas monetarias laxas, encontró en América Latina un cliente ávido de recursos baratos. Con poco recato fiscal, la región financió crecientes déficits y engrosó su deuda.

Hacia finales de los años 70 y comienzos de los 80, la marea empezó a cambiar. La inflación en buena parte del mundo industrializado alcanzó los dos dígitos y desató la furia de sus bancos centrales. La más célebre de estas fue la de Paul Volcker, banquero central de Estados Unidos. Con esos garrotazos monetarios las condiciones financieras globales cambiaron drásticamente. Por ejemplo, las tasas de interés de un título de deuda pública estadounidense a diez años rozaron el 16 %, casi duplicando la cifra de unos meses antes.

Para los países de América Latina, la fiesta de los recursos baratos había acabado. Pero los abultados déficits fiscales y la costumbre de vivir al debe no tienen un interruptor de fácil apagado. A mediados de 1982, México anunció que no podría pagar su deuda. Los grifos financieros de toda la región se cerraron y varios países siguieron el ejemplo mexicano. Colombia caminó por esa cornisa, pero finalmente no entró en cesación de pagos. En varios países de la región la emisión monetaria para financiar los excesos fiscales estuvo a la orden del día. El desastre inflacionario permeó la región. Colombia, con inflaciones que fluctuaban del 20 % al 30 %, era el ejemplo de la disciplina macroeconómica.

Si avanzamos la película hasta el 2021, aparecen en el horizonte algunas señales que recuerdan la puesta en escena que terminó en la década perdida de los 80. La crisis financiera global de 2007-08 trajo consigo relajamientos monetarios enormes en las principales economías del mundo. Nuevamente, el acceso a financiamiento abundante tentaba a la región. Con la crisis de precios de las materias primas en la segunda mitad de la década pasada esa tentación se exacerbó y encontró su clímax con la pandemia, que tumbó los ingresos de los Estados y multiplicó las necesidades. La deuda pública obesa y los abultados déficits rondan de nuevo a la región.

Por ahora, las tasas de interés que el mercado exige para financiar esos déficits se han mantenido en niveles bajos. Pero en Estados Unidos, los estímulos monetarios y fiscales diseñados para atajar la postración económica han aumentado los temores de que terminarán sobrecalentando la economía, que encontraría su desfogue por el tubo de escape inflacionario. Esos temores se están reflejando en incrementos en las tasas de la deuda pública. Si esos temores se consolidan o si efectivamente el tubo de escape emite más inflación de la tolerable, el tablero que nos llevó a la década perdida tendrá de nuevo todos sus botones prendidos.

Twitter: @mahofstel

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