Por: Carolina Sanín

Debes parecer

QUE AQUÍ VIVIMOS EN UN SIMULAcro de sociedad, eso lo sabemos desde nuestra fundación. En todo el territorio nacional tenemos planteles que se hacen pasar por partes de un sistema de educación pública sin que en ellos se aprenda nada; y, al ser gravemente ineficiente, nuestro sistema judicial es un tinglado que hace el papel de la justicia. Es consistente, entonces, que nuestros periódicos sean también de utilería y relleno.

He oído que por sus refritos, su brevedad y sus copiosos errores de ortografía y gramática, El Tiempo es desde hace rato un sucedáneo de un diario de verdad. Yo no podría afirmarlo, pues no he leído el diario con la suficiente frecuencia. Sí puedo notar que, con su nuevo diseño, adornado con pestañas y lengüetas, y con la insustancialidad de buena parte de sus contenidos recientes, el diario impreso es la representación de un portal de Internet —y no de uno de noticias sino de uno de correo electrónico—.

También he advertido que el diario ha dado en resolver el problema de su ser —el de ser o no un canal de información— con un excéntrico deber ser. Dividido ahora en las secciones “Debes hacer”, “Debes leer” y “Debes saber”, ha reemplazado la afirmación factual por la perífrasis modal, y entre tanto ha sustituido el registro y la historia por una parodia de la ética. Como no soy semióloga, no hablaré de ese consejero invisible y omnisapiente que obra como tramoyista del periódico y que enuncia aquellos deberes, ni hablaré del paternalismo del tuteo a los lectores. Como no soy humorista, tampoco elaboraré sobre la ironía que entrañan los mandatos absolutos en un periódico de cuya casa acaba de salir el primer mandatario de la república. Y como no soy filósofa, omitiré analizar la división que el periódico ha establecido entre el conocimiento, la lectura y el acto.

 Como simple observadora, me han llamado la atención algunos efectos del cambio de El Tiempo. En primer lugar, la falsa ética se ha dado pisa en engancharse a una abusiva etiqueta que olvida el derecho a competir y que ha sido expresada por la revista Semana en uno de sus “Confidenciales”: “A las directivas del diario El Tiempo les cayó mal un tweet enviado por el director de El Espectador, Fidel Cano: ‘Jamás me atrevería a decirle a nadie qué es lo que debe leer, debe saber, le debe gustar... Lectores de El Espectador son diferentes, libres’. Teniendo en cuenta que los términos debe leer, debe saber y debe gustar coinciden en forma casi exacta con el rediseño del periódico, el comentario fue considerado de mal gusto”.

 En segundo lugar, el juego de apariencias establecido por El Tiempo ha dado para que, en su teatro, la publicidad haga el papel de opinión. Es el caso de la última columna de Mauricio Vargas, donde se invalida a los objetores del periódico por considerarlos simples envidiosos. Emplea Vargas, en su esloganístico ataque a la crítica, un conjunto de frases que pasan por sentencias pero que no tienen mucho significado. Dice que el periódico ahora “les gusta más a los jóvenes, que son los lectores del presente y el futuro” (¿qué joven lee un diario impreso?), que el diario ahora es “más moderno, más ágil” (¿cómo así?), que la prueba de que el cambio es bueno son las encuestas de aceptación (¿es ése un índice de calidad?) y que la crítica es “el costo de ser el primero” (como en una propaganda de cerveza). Pero lo más curioso es que, para el papel de dirimidor, cita a su hijo de 13 años, que ha dicho: “Es que ahora sí provoca leerlo”. ¿Qué persona de 13 años habla así? Tal vez el periodista se refería a alguno de los patrocinadores de El Tiempo, que a la sazón estaba haciendo el papel de niño, como los actores de El Chavo.

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2010-10-23T20:00:00-05:00

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2013-11-05T07:12:50-05:00

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