Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La inminente elección de Bolsonaro en Brasil, los gobiernos nacionalistas y xenófobos del este de Europa, así como la existencia de partidos y movimientos de extrema de derecha e izquierda en varios países del mundo requieren una explicación. ¿Por qué la gente se vuelca a votar a estos partidos y movimientos extremistas? ¿Por qué ahora y no antes? La respuesta, por supuesto, no es fácil, pero hay que intentar una explicación. La primera y quizá la más obvia es la llamada “gran recesión”, que se dio después de la quiebra de Lehman Brothers. El desempleo, la caída o la estanflación de los salarios reales, el deterioro de la salud y la caída en la esperanza de vida, por ejemplo, de las clases medias bajas de los Estados Unidos, son factores que han desacreditado a los partidos tradicionales y a las clases políticas de muchos países. Las crisis económicas profundas y prolongadas siempre han sido el caldo de cultivo para la aparición de mesías, salvadores y profetas que prometen la felicidad y la solución a todos los problemas, siempre por la vía negativa, señalando a un culpable, a un enemigo, a un traidor, que toma la forma de unas élites sociales y económicas, grupos inmigrantes, los musulmanes, los mexicanos o los judíos, los homosexuales y también las mujeres. Las crisis económicas prolongadas son el escenario perfecto para el ejercicio de la política en el marco de la dicotomía amigo-enemigo, según el ideario de Karl Schmidt.
Pero, además de las coyunturas creadas por las crisis económicas, la democracia siempre ha presentado vulnerabilidades innatas a su constitución, como se ha señalado desde la filosofía, la sociología y la psicología. Para comenzar, la democracia liberal es un sistema de gobierno muy reciente. Junto a la economía de mercado, es uno de los elementos componentes de la llamada modernidad o de la sociedad abierta, que en el mejor de los casos solo tiene unos 200 años de antigüedad, pero en muchos países solo se constituyó después de la Segunda Guerra Mundial. Filósofos como Rousseau, sociólogos como Durkheim, Veblen o Polanyi y, por supuesto, el mismo Marx, argumentaron que el paso de la antigua comunidad a la sociedad moderna, al tiempo que amplió la libertad subjetiva, cimentó la autonomía del individuo y rompió las antiguas relaciones de sujeción basadas en el estatus y la propiedad, también destruyó los lazos del “mundo de la vida”, del barrio, de la parroquia o de la protección benevolente de la iglesia, creando sentimientos de aislamiento, inseguridad y pérdida. Algunos lo definieron como un estado de alienación, otros como de anomia. Karl Popper argumentó que, desde sus primeros intentos en la Grecia clásica, la sociedad abierta siempre ha contado con enemigos agazapados en el miedo de las personas a asumir sus responsabilidades individuales, y, desde la psicología, Erich Fromm exploró lo que definió como “el miedo a la libertad” de las sociedades contemporáneas.
La crisis de la democracia liberal o de la sociedad abierta quizá sea una combinación de factores tanto de corto plazo, por ejemplo la recesión económica, como de estas vulnerabilidades más estructurales de la sociedad moderna. Pero, sea cual sea la causa última, la lección debe ser muy clara: a la democracia y a la sociedad abierta tenemos que cuidarlas, pues sus enemigos siempre estarán al acecho.
