Demolición del Mónaco: ¿ocultar la basura debajo del tapete?

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Guillermo Zuluaga
30 de septiembre de 2018 - 05:00 a. m.
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La semana pasada, la Alcaldía de Medellín clausuró el museo de Pablo Escobar. Lo curioso del tema es que no fue cerrado por promover y exaltar la vida del capo del narcotráfico, sino por incumplimiento de normas turísticas. Después del consabido espectáculo al que nos tiene acostumbrados el alcalde de Medellín, de nuevo mencionó que próximamente se demolerá el edificio Mónaco, otrora propiedad de Escobar.

En sus salidas típicas, con esa “pirotecnia verbal” de la que hace gala desde su posesión, Federico Gutiérrez ha dicho que no se puede seguir haciendo apología al delito. Y en eso hay coincidencias. Pero el querer demoler un edificio por el mero hecho de que perteneció a un criminal, de paso puede leerse como querer borrar un pasado doloroso que —así nos cueste aceptarlo— también hace parte de la historia de esta ciudad y de esta sociedad.

Si bien estoy de acuerdo sobre el cierre de este sitio, sí considero que la posible demolición del Mónaco es, además de inoportuna, innecesaria. Que nuestro alcalde salga a querer borrar este espacio de la geografía medellinense responde más a lo que el profesor Luis Fernando González califica de “maniqueísmo moralista” que a una verdadera apuesta de ciudad.

En el afán de nuestro mandatario local por querer “hermosear” la ciudad (bueno, todos lo han intentado) para hacerla más atractiva a propios y extraños, da la impresión de que solo quiere de nuestra memoria lo que es glorioso e impoluto. Y la historia de nuestra ciudad, tristemente, está cargada de situaciones complejas, caóticas, de encuentros y desencuentros que no podemos obviar.

Nuestra memoria colectiva, con todo y sus problemas, es la que ha hecho grande a esta ciudad y a esta gente. Y desde ahí tenemos que volver a pensarnos. Repensarnos. Medellín —crisol y súmmum de la cultura antioqueña— necesita mirarse en el espejo: con sus lozanías y también con sus dolores: con sus limpiezas y sus manchas. Solo así podremos tener una sociedad diferente en los próximos años. Acaso, ¿no enseñan más las derrotas que los triunfos? Pues bien, nuestras falencias y dolores también hacen parte de nuestra memoria colectiva. Ya lo ha dicho Ludmila da Silva, antropóloga e investigadora argentina: “El trabajo de la memoria fabrica las identidades sociales, enunciando tanto lazos de pertenencia, como relaciones de diferenciación, conflicto y poder”.

Lo feo, lo doloroso, lo “distinto” también es parte de nuestro ser. Y hay que aceptarlo. Y aprehenderlo. Volverlo parte de nuestra conciencia colectiva, para poder intentar sanarlo y mirar a futuro.

Ahora bien, si se trata de no “apologizar” al capo, entonces, ¿se cerrará la hacienda Nápoles, donde el capo vivió sus fiestas y sus excesos? ¿Se le cambiará el nombre al barrio Pablo Escobar? ¿Devolverán algunos “prohombres antioqueños” los cuadros que compraron en las galerías con dineros donados por el capo? ¿Devolverán los cardenales las “ayudas generosas” que les entregó el piadoso Escobar? ¿Cerrarán las canchas que inauguró Escobar en algunos barrios? ¿Se dedicará nuestro burgomaestre a rastrear las cuentas de algunos dirigentes deportivos y deportistas que recibieron apoyo del capo?... Porque ese Nacional que tanto le gusta al alcalde y ese Medellín que lleva el nombre de la ciudad también gozaron de las mieles de esos dineros de (no) dudosa procedencia.

Difícil e infructuosa tarea la de querer borrar a Escobar de nuestra cultura. Al contrario, me uno a lo expresado por varios expertos en el sentido de que los esfuerzos de la Alcaldía podrían dedicarse a la construcción de un museo del narcotráfico —que podría ser en ese edificio Mónaco—, donde se evidencie el triste legado de Escobar y de otros capos. El museo podría contener, por ejemplo, algunas chatarras de los vehículos en que se montaron los carros bomba, algunos ladrillos impactados; por qué no, algunas páginas en blanco de los periódicos —como este donde escribo— que tuvieron que silenciarse. A ese museo ocasionalmente debería llevarse a algunas víctimas de esos años aciagos para que exorcicen sus demonios. Pero ante todo, ese deberá ser un espacio de reflexión donde expertos sociólogos, antropólogos, psicólogos e historiadores ayuden a entender por qué este capo logró el poder que logró en esta sociedad medellinense y antioqueña. Qué hay en nuestro ADN paisa para que, al lado de los fernandosboteros y los fernandosgonzález y las madreslauras y las deborasarangos, surjan tantos escobares y castaños, ivanríos y timoleones, popeyes y donbernas.

En un museo del narcotráfico se podría ayudar a empezar a erradicar ese lenguaje que promueve a los más “machitos”, a los “usted no sabe quién soy yo”. Ya tuvimos un Escobar y pueden venir más, si seguimos tolerando cualquier forma de corrupción o delito. Y a esto debe ayudar el museo del narcotráfico: a evaluar cuáles fueron las consecuencias, pero también mirar cuáles fueron sus causas. Ya lo alertó Primo Levi, escritor italiano que vivió la pesadilla de Auschwitz y que se dedicó posteriormente a dar testimonio de esas crueldades: “Ha sucedido y, por consiguiente, puede volver a suceder; las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo”.

Lo peor de Escobar, pues, no son los objetos y edificaciones suntuosos que dejó, sino “los mónacos” que quedaron instalados en el imaginario: considerar que todo tiene un precio. Ese “ideario traqueto” será más difícil de demoler que las estructuras físicas.

Nuestra sociedad en general y Medellín en particular no pueden seguir negando su pasado, así sea borrascoso. Quizás el mejor ejemplo nos lo dio Fernando Botero cuando no quiso retirar el pájaro que donó a la ciudad y que fue volado con una bomba. Al contrario, el maestro prefirió dejarlo como testimonio de nuestra barbarie y puso al lado uno nuevo. La gente admira el nuevo al tiempo que se mira en el otro. Esas miradas alternas pueden ayudar a entendernos y a pensarnos a futuro.

Medellín no puede seguir barriendo hacia adentro y metiendo la basura debajo del tapete. Más que esforzarnos por mostrarla bella y con un pasado impoluto, requerimos comenzar a cimentar otros edificios basados en la legalidad, la civilidad, el respeto por el otro y por los otros.

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