Demonios en vela

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Miami - Los peores demonios de la sociedad estadounidense decidieron pasar el 2020 en vela. Y ahora están más despiertos que nunca cuando se trata de COVID-19 y el derecho al voto para la población negra.

Los expertos aquí ya hablan de una nueva ola —agresiva y letal—  de la peste, con una preocupante alza de infectados, hospitalizaciones y fallecimientos. De hecho, Estados Unidos es primero en el mundo tanto en número de casos como de muertes. Lo grave es que parece que la política terminó por ganarle la partida a la ciencia. Eso significa que por más apremiante que sea la situación, varios gobernadores y alcaldes —sobre todo republicanos— tendrán un oído muy afinado para sus conveniencias electorales, para escuchar a sus electores más atolondrados y fanáticos, y serán sordos como una tapia ante las súplicas de los expertos de no bajar la guardia, de sostener la orden de uso de tapabocas en lugares públicos, y mantener prudente distancia física con el prójimo.

La extrema derecha ha cambiado de objetivo. Abandonó su pertinaz mentira del robo de las elecciones y ahora tiene entre manos algo más jugoso: desprestigiar la efectividad de las vacunas, llenar de mentiras a sus seguidores, utilizar de nuevo las redes sociales para meter miedo y esparcir, sin pudor, toda clase de teorías conspirativas sobre el control de la especie humana por parte de laboratorios y científicos locos. La mendacidad de estas huestes del trumpismo ha surtido gran efecto en comunidades como la latina y la negra, y en los jóvenes.

La gobernadora republicana de Dakota del Sur, Kristi L. Noem (seguidora ferviente de Trump), se enorgullece de no haber tomado ninguna medida para evitar la transmisión del virus en lo más fino de la crisis, en marzo-abril del año pasado. No dio la orden de cerrar establecimientos, tampoco de que la gente usara mascarillas. En una famosa reunión de los republicanos, en el pasado mes de febrero, dijo: “Les voy a ser muy clara: el virus no fue el que destruyó la economía, fueron las medidas del gobierno. Dakota del Sur es el único estado que no dio la orden de cerrar ningún negocio o iglesia. Nunca instituimos las cuarentenas”.

Dakota del Sur, sobra aclarar, está en segundo lugar en numero de casos y es el octavo en la tasa de muertes por COVID-19 en este país. El gran argumento para cortar el agua de los hidrantes en medio del incendio, es que son decisiones “arbitrarias”, “coercitivas” y conculcan las libertades individuales. La señora Noem tiene grandes aspiraciones políticas y busca, por lo tanto, alimentar los demonios de su electorado —el individualismo rapaz, por ejemplo— así su política criminal siga dejando el campo abierto para que el virus ataque a los más vulnerables, y no evite más muertes. La extensa geografía de Dakota del Sur y ser el quinto estado con menos densidad de población han hecho que esas decisiones absurdas del alto gobierno estatal no hayan resultado en una tragedia humanitaria de grandes proporciones.

Ese mismo camino recorren otros estados como Texas y Florida. Y otros más ya han tomado decisiones como si estuviéramos al otro lado del túnel. El panorama no es alentador: apenas el 28,6 % de la población gringa ha recibido por lo menos una dosis de la vacuna, y solo el 15,8 % está por completo protegida contra los efectos del virus. Por supuesto que ya hay varios lugares en este país donde cualquier persona mayor de 16 años puede recibir la inoculación.

Lo complicado son las mutaciones, nuevas cepas del virus más mortíferas e infecciosas. Y la inmunidad colectiva se logra, según los expertos, con un 80 % de la población vacunada. Las últimas estadísticas de la Kaiser Family Foundation (la institución más prestigiosa en estudios y cifras sobre temas de salud pública en EE. UU.) no conducen a pensar que dicha inmunidad está a la vuelta de la esquina. Hay un 13 % de los estadounidenses que nunca pondrán su hombro para la inyección, y un 30 % que se encuentran a la expectativa. Un 13 % de las personas entre los 50 y 64 años se niegan de manera rotunda a dejarse chuzar, y el 32 % están con la actitud de ver qué pasa con la vacuna.

Pero si por los lados de la peste llueve, por los territorios de los derechos al voto no escampa.

A pesar de lo fallado por tribunales federales y por la misma Corte Suprema en relación con supuesto fraude electoral (fueron 63 demandas, 62 fueron rechazadas, sólo una fue aceptada, no por fraude sino por irregularidades muy puntuales), hay en este momento 306 proyectos de ley que buscan restringir el derecho al voto —el objetivo, según los expertos, es entorpecer la participación de las minorías— en 43 de los 50 estados de la Unión.

Todos esos intentos provienen de los congresos estatales, la mayoría de ellos en manos de los republicanos, y están inspirados no en cifras concretas, o en situaciones específicas de irregularidades masivas, sino en una premisa demasiado perversa: la única manera como un partido puede ganar es restringiendo, obstaculizando, la participación ciudadana, sobre todo la de los sectores afines al otro partido, en este caso el Demócrata.

En una democracia normal, si un partido pierde el poder por culpa de un presidente bufón y unas propuestas o ideas que no convencieron al electorado, lo lógico es que haya repudio hacia ese dirigente y un intento por atraer a esos votantes que no se sintieron representados. Aquí, en este país modelo 2021, la receta es la contraria: seguir al histrión que los llevó a perder la Casa Blanca, el Senado y la Cámara, y en lugar de arrancar el partido de las garras del fascismo, ahondan en la vena racista y en un vertiginoso regreso al pasado, cuando la estructura electoral estaba montada para evitar la participación masiva de los negros. Georgia se convirtió en el epicentro de esta nueva-vieja ola de querer evitar a toda costa la participación de la comunidad afroamericana. En las pasadas elecciones su participación fue histórica, tuvo la fortaleza de contribuir a la derrota definitiva de Trump y también a que los dos senadores republicanos de ese estado perdieran sus curules y llegaran a la Cámara alta un negro y un judío demócratas. Por ellos, ahora ese partido es mayoría en el Senado.

Los demonios de este país están más despiertos que nunca. Es intensa la pelea por derrotarlos. Ya hay demandas contra esas normas de exclusión y existe la esperanza de que los demócratas logren aprobar una ley que anularía, en un gran porcentaje, esos intentos por retroceder 60 años las conquistas electorales de líderes como Martin Luther King, John Lewis o Rosa Parks, entre muchos otros.

Con la peste la carrera es contra el tiempo y la terquedad. Racismo, antidemocracia e individualismo cerril están interconectados. Los expertos, agobiados por las cifras, esperan que la cordura reaccione. Es la única esperanza.

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