Por: Daniel Pacheco

Desde el patio trasero de China

Camboya. Vireak es un guía turístico en Siem Reap, la ciudad de Camboya que recibe a más de dos millones de viajeros al año que venimos a ver los templos de Angkor. Aunque para la mayoría de los latinoamericanos es difícil distinguir entre un camboyano, un japonés, un coreano o un chino, Vireak entiende inmediatamente que el que se nos acerca es un grupo de chinos. Con su inglés muy camboyano, con el que se gana la vida como guía, Vireak dice que no le gustan los turistas chinos, “son ruidosos, toman muchas fotos y no respetan las instrucciones de los guías”, dice.

Pocos minutos después, y a pesar de los gritos de una guardia del parque arqueológico, una pareja de chinos se salta la cuerda que protege las ruinas para treparse en las piedras milenarias que tallaron en el siglo XI los jemeres y tomarse una foto. Los turistas chinos andan en grupos de hasta 40 personas, son en efecto ruidosos, se mueven en buses enormes y además de tomarles fotos a los templos, según nuestro preocupado guía, solo quieren irse de compras y hacerse masajes. Vireak, de 35 años, casado y con dos hijas, está preocupado: porque siente que cada vez vienen más chinos a Camboya y menos occidentales, y porque él se dedicó a aprender inglés y no chino.

En el sureste asiático es difícil no percibir el cambio enorme que se viene con el resurgimiento de China. No solo por los turistas. La bandera roja está en proyectos de inversión y las noticias. Por acá todos saben quién es Xi Jinping. Este es, evocando la doctrina Monroe asiática que apenas comienza, su patio trasero. Pero incluso en el que supuestamente no es ya el patio trasero de EE. UU., en América Latina, los cambios se sienten. Colombia no es excepción, pero desde Camboya siente uno que nos falta un poco de la preocupación de Vireak, el guía de Angkor.

Y lo que preocupa no es la influencia creciente de China en Colombia, eso es inevitable y podría traer grandes oportunidades. Preocupa es que no nos hayamos percatado de ella, ni hayamos empezado a pensar qué queremos de nuestra relación con el “reino del medio”. Ya de hecho China llega casi tanto como EE. UU. a Colombia, al menos en porcentaje de importaciones (20 % de China y 28 % de EE. UU., según el Atlas de Complejidad Económica de MIT), sin que el enorme desbalance económico (solo el 3,7 % de nuestras exportaciones llegan a China) genere una reflexión.

Hace poco el diario Portafolio reportó que fue el gobierno chino el que compró la antigua casa de Gacha en Bogotá por unos astronómicos $50.000 millones, para construir una nueva sede de la embajada. Más allá de la noticia económica, nadie reportó el ángulo de política exterior sobre la decisión de la segunda economía del planeta de expandir su presencia física en Colombia. Eso sí, en la prensa hubo varias galerías de fotos exaltando los lujos de la casa de el Mexicano y remembranzas a otros bienes de los narcos famosos.

Al final el problema de no preocuparse, de ni siquiera preguntarse qué queremos de China y qué quiere China de nosotros, es que cuando nos percatemos puede que sea porque los chinos se saltaron la cuerda y están pisoteando lo que para nosotros es más sagrado, solo por una foto.

@danielpacheco

Buscar columnista