Desembarcar en el lago euroafricano

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Va siendo hora de volver a ver el Mediterráneo, desde nuestro ángulo, con la inclusión del sur. Así lo hicieron los antiguos, que tenían de pronto mejor idea de lo geográfico que la gente de ahora. Ese mar, que muchos admiran y tratan de entender exclusivamente en sus expresiones culturales de la costa norte, no es solamente un mar europeo. También es un mar africano, y podemos llegar a sus puertos.

Vista desde el espacio, la masa de tierra que va del Círculo Polar Ártico al Cabo de Buena Esperanza tiene tres lagos interiores: el Báltico, el Negro y el Mediterráneo, que une a Europa y África, de oriente a occidente, a todo lo ancho de ambos continentes. Mejor nombre no le podían poner. Esa condición de lago común la entendieron primero que todo los fenicios, y luego lo hicieron los griegos, y los futuros italianos, franceses, españoles y portugueses, que no se detenían demasiado en características como las que marcan hoy diferencias entre el Mediterráneo europeo y el africano.

El Imperio Romano jugó a voluntad con esa realidad, y así lo hicieron el bizantino y el otomano. Alejandría marcó, desde un principio, la condición mediterránea de Egipto, iluminando la salida del Nilo, el gran africano que va a dar al Mediterráneo. De Leptis Magna, en las costas de Libia, salían los leones para las fiestas sangrientas del Coliseo. Cartago no solamente guerreó desde el norte de África, y sino que estableció decenas de colonias en donde pudo. En Tysdrus, hoy El Djem, están las ruinas de un anfiteatro romano para más de treinta mil espectadores. Y en Orán, sobre la costa argelina, pelearon a lo largo de siglos moros, españoles, turcos, árabes y franceses.

Así, la historia de todos los pueblos mediterráneos europeos ha estado, y está, relacionada con sus correspondientes africanos, y viceversa, de uno u otro lado de aguas que a veces pareciera que les separan, pero en realidad les unen. El cruce de esas aguas, en la embestida del expansionismo colonialista, consolidó una relación euroafricana que tuvo a través de la relación colonial su expresión más desequilibrada. Tiempo superado con la descolonización y los numerosos experimentos africanos en materia política y económica que comenzaban a delinear nuevos perfiles, que no se sabe qué destino tendrán después de la pandemia.

La versión más reciente de esa obligada relación tiene entonces la doble cara de las oportunidades y los problemas. De un lado el compromiso formal y la prioridad estratégica de la Unión Europea en el sentido de acercarse al África, continente vecino, en pleno proceso de transformación, y en busca de nuevos entendimientos, cuando muchos países africanos entran en una época nueva, con importantes esfuerzos de transformación política y económica. Del otro la realidad de las migraciones irregulares, fruto de la lectura instintiva que sectores marginados de los pueblos africanos hacen ahora de los recorridos que antes hacían los explotadores de los productos africanos y hasta los contrabandistas y traficantes de esclavos.

Los europeos saben, mejor que nadie, que no es posible, en todo caso, hablar de África como si se tratara de un continente homogéneo, que no lo es. Por eso han existido, y sobreviven, enfoques distintos, según se trate de Egipto o el Magreb, que cubren la costa sur del Mediterráneo, o de los países subsaharianos, que a su vez admiten agrupaciones según relación cultural derivada de los antiguos pactos coloniales, o afinidades políticas o institucionales que facilitan procesos de cooperación.

Trabajar con África y no hacia África, parece ser el lema de una nueva actitud de parte de los antiguos explotadores y luego más o menos benefactores de un continente que ahora no necesita padrinos sino socios. Continente que, además, en su expresión mediterránea, tiene bien puestas unas cuántas basas en Europa continental, como lo puede atestiguar el paisaje contemporáneo de Marsella, para citar solo un ejemplo, que resulta una nítida prolongación africana en la costa europea.

La antigua idea francesa de entender al África, o al menos el Magreb, como su “domaine réservée”, tiene cada vez menos posibilidades de convertirse en realidad. Y ello es así porque el escenario africano se ha convertido, otra vez, en una especie de territorio de ambiciones, animada por una especie de fiebre del oro. En las acciones de búsqueda de fortuna propias de esa fiebre participan todas las potencias de nuestro tiempo, salvo claro está los Estados Unidos, que bajo Trump no muestran interés por el “continente negro”.

China, Rusia y otros, tienen sus ojos puestos en las oportunidades de fortalecer su presencia en países africanos. China, por supuesto, resulta ser la más decidida y dinámica, conforme a propósitos claros, en su búsqueda por consolidar una presencia fuerte en el continente africano, al punto que el Presidente Macron, rememorando los tradicionales designios franceses y europeos respecto del África, ha dicho que la actitud china en el continente resulta “predatoria”.

Lo anterior hace suponer que, para el momento de la post pandemia, la Unión Europea tratará de hacer contrapeso, no se sabe con qué posibilidades de éxito, a la arremetida china, mediante un nuevo esquema de articulación con los países africanos, y en especial con el Magreb. Por ahora todo son expectativas de todas las partes, con incógnitas enormes, pues no se sabe, por ejemplo, qué tanto para los africanos llegue a existir un “sueño chino” comparable al legendario sueño europeo.

En todo caso, con el 17% de la población mundial y solo el 3% del producto bruto, y con problemas y oportunidades similares a los nuestros, en África hay mucho por hacer, dentro de la perspectiva de la cooperación Sur – Sur. Escenario que Colombia ya trató de explorar, en la administración del Presidente Virgilio Barco, y que después no encontró bandeirantes que llevaran el esfuerzo más adelante.

Desde un ángulo distinto del de las antiguas potencias coloniales, y con problemas que comprendemos mucho mejor, porque los hemos vivido o los vivimos, no hay razón para descartar una nueva entrada en acción en escenarios que no forman parte de nuestra perspectiva tradicional. La capacidad de presencia colombiana en otros países de América debería ponerse a prueba, con opciones de éxito, en el continente africano, y un punto de desembarco podría ser el de la costa sur del Mediterráneo. Todo esto, naturalmente, el día que volvamos a tener una Cancillería que merezca su nombre y haga lo que se debe hacer.

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