Vivxs nos queremos, y lo decimos con orgullo

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Soy una mujer cis, lesbiana, con más de cuarenta años. Madre, académica, escritora. Blanco-mestiza, de clase media, sin ninguna discapacidad. Nací en un pueblo del Caribe pero tres cuartas partes de mis años han transcurrido en Bogotá. Hablo desde allí pero no solo desde allí, porque no vivo solitaria en una cueva distante. He vivido y trabajado con otras y con otros que me interpelan y no solo a mí, sino a la sociedad en la que nos ha tocado en suerte nacer: este pedazo del planeta al que llamamos Colombia, este grupo humano que no logra salir de la guerra -aunque esfuerzos en esa dirección ha habido muchos- y donde las vidas siguen sin valer todas lo mismo.

Este domingo “del orgullo”, 28 de junio de 2020, estaríamos en las calles, gritando que existimos y que valemos. Yo, particularmente, estaría con las lesbianas, que dentro de esa amalgama de lo “LGBTI” han jugado un no reconocido papel fundamental, como lo hemos tenido, también sin reconocimiento, las mujeres en general. Pero el virus nos mantiene -a quienes podemos- aisladas físicamente, intentando formas para que no siga avanzando el aislamiento social. No siga avanzando, digo, porque en realidad el aislamiento nos lleva bastante ventaja. Somos una sociedad mayoritariamente aislada: los centros de las periferias, quienes tienen privilegios de quienes no, las ciudades del campo, quienes no han sufrido la guerra de quienes han perdido hasta la vida en ella. Hemos aprendido a no ver más allá de nuestro propio ombligo, en el mejor de los casos tratando de “salir adelante”, y no hacemos lo suficiente por desaprender esa trampa, que solo beneficia a un puñado de gente poderosa del que la mayoría no hacemos parte.

En ese marco más amplio quisiera inscribir mi reflexión particular: la pregunta por lo que ha significado ser lesbiana, gay, bisexual o trans en un país en guerra. Ha significado, como para las otras víctimas, la muerte, la desaparición, la violencia sexual y otras formas de tortura, las amenazas, el desplazamiento. No obstante, estos repertorios comunes, la violencia que han sufrido las personas de sectores LGBTI por parte de todos los actores implicados en el conflicto armado colombiano tiene razones distintas. No se les ha infligido para acallar su liderazgo político, o para expropiarles de sus bienes, o como “daño colateral” de una confrontación armada. Se les ha infligido “por maricas”, “por machorras”, “por travestis”, porque “aquí no queremos de eso”.

Junto a la pretensión de imponer órdenes políticos y económicos, los actores armados -todos ellos, aunque con variadas intensidades- han pretendido imponer órdenes sociales con base en juicios morales: lo que está bien y lo que está mal. Todo lo que no está alineado con la heterosexualidad se ha ubicado del lado de la maldad, de lo oprobioso, de lo que debe ser, simbólica y materialmente, aniquilado. Y esos juicios morales no los inventaron los actores armados. Los han aprendido de una sociedad que se guía por ellos, una sociedad con mayorías cristianas -no todos, gracias a Dios- con una muy restringida noción de “prójimo”, que guarda la solidaridad solo para sus iguales y que ha hecho las leyes -explícitas e implícitas- a su imagen y semejanza. Incluso, cuando nos acercamos a esclarecer un crimen cometido en el marco de la guerra contra una persona de sectores LGBTI nos hemos encontrado, no pocas veces, con una solicitud de la comunidad al actor armado que tiene el control del territorio para que “limpie” la comunidad.

No quiero restar responsabilidad a quien empuña el arma. Quiero impugnar la conciencia de quien se acuesta a dormir tranquilo porque no la empuña, pero cree que es mejor “un hijo muerto que marica”, de quien reza cada domingo, pero se opone a que otros y otras tengan sus mismos derechos, de tanta “gente de bien” para quien aniquilar la diferencia, es lo que está bien. Sus manos no están limpias de sangre.

Otras y otros, con más suerte, hemos sobrevivido, y hoy lo decimos con orgullo.

*NANCY PRADA PRADA es filósofa, especialista en Estudios Culturales, especialista en Creación Narrativa y magister en Estudios de Género. Investigadora en las líneas de biopolítica, sexualidades y memoria histórica. Es autora de varios artículos especializados, capítulos y libros. Entre estos últimos destacan: “A mí me sacaron volada de allá. Relatos de vida de mujeres trans desplazadas forzosamente hacia Bogotá” (2012), en calidad de investigadora principal, y “Placeres Peligrosos. Discursos actuales sobre la sexualidad de las mujeres en la prensa” (2013), ambos publicados por la Universidad Nacional de Colombia. Entre 2012 y 2017 coordinó el Equipo de Género del Centro Nacional de Memoria Histórica, desde donde dirigió la investigación conducente al Informe Nacional “Aniquilar la Diferencia. Lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas en el marco del conflicto armado colombiano” (2015), que recibió el Premio Nacional de Investigación Alejandro Ángel Escobar, en 2018. Es autora, además, de textos literarios, entre ellos la colección de crónicas sobre mujeres víctimas de violencia sexual “Expropiar el cuerpo” (2018).

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