Por: Héctor Abad Faciolince

Diario de un escritor que no escribe

Un día de 1985, a la edad de 27 años, me compré un cuaderno y empecé a escribir un diario. Vivía en Italia con mi primera esposa, estaba enamorado de ella, esperábamos un hijo y, sin embargo, me gustaban otras mujeres. Esto me parecía muy misterioso y me hacía sentir culpable. La mujer a la que uno quiere, embarazada, con ese frágil florecimiento, con esa vulnerabilidad del embarazo, y yo pensando en otra. Me sentía (y probablemente era) un monstruo.

Y así, desde 1985 hasta muchos años después, seguí comprando cuadernos y escribiendo un diario que a veces se volvía más esporádico, un semanario, y en ocasiones todavía más espaciado, un mensuario, y durante algunos períodos, vacíos salpicados de un breve apunte cuando me acordaba. En general, si estaba escribiendo cuentos o una novela, el diario se interrumpía, lo abandonaba, como si la ficción me alejara —qué descanso— del interés por mí mismo o por mi propia vida. Cuando estaba feliz tampoco se me ocurría tomar apuntes y me dedicaba a disfrutar la alegría, sin escribir sobre ella.

Una vez, leyendo el ensayo sobre los diarios (El escritor de diarios) que hizo un gran diarista, Andrés Trapiello, encontré la siguiente reflexión: “el diario viene a ser la novela de los que no pueden llegar a escribir una novela. El diario no solo es un sucedáneo de novela, sino la única novela posible para los que no pueden tener otra cosa”. Este es precisamente mi caso: cuando no puedo escribir lo que más quiero escribir (novelas, cuentos, ensayos, poemas), cojo una libreta, pongo la fecha, escribo que no soy capaz de escribir (es decir, de imaginar) y cuento lo que me pasa, lo que pasa en mi vida, las angustias que tengo en la cabeza.

Un pintor que tiene poco tiempo hace bocetos en una libreta. Un paisajista que no puede salir al campo porque está diluviando se pone a pintar su cuarto o coge un espejo, se para frente a él y hace un autorretrato: no es por narcisismo ni por amor propio, sino porque le gusta pintar y no tiene a mano otro modelo que se quede quieto. Así descubre, al menos, el paso del tiempo, un ojo irónico, un gesto desdeñoso o amable o amargo.

En los últimos años he abortado dos novelas fracasadas. Hasta les tenía título: Antepasados futuros, la primera, y Tal vez el centro, la segunda. Mis editores han sido muy pacientes con mis fracasos; algunos lectores fieles me preguntan, ¿cuándo vas a escribir, al fin, otra novela? A unos y a otros les decía lo mismo: “no tengo nada, tal vez ya me sequé”. Pero un día se me ocurrió decirle a mi editor en Colombia, Gabriel Iriarte, que tenía unos diarios íntimos que yo no había escrito para publicar, sino para no enloquecerme en los momentos en que no podía escribir nada distinto. Gabriel me animó a pasarlos en limpio y a pensar si con eso se podía hacer algo.

La sola tarea de copiarlos fue larga y angustiosa. No me gusta el pasado y tiendo a olvidarlo todo. Copiar los diarios me obligaba a recordar algunos de los peores momentos de mi vida y muchas de las peores facetas de mi personalidad. En general no me cae bien ese tipo que fui y que en parte sigo siendo: inconstante, inseguro, orgulloso. Salieron más de mil páginas. Eso, en los tiempos de Twitter, resulta impublicable. Así que resolvimos recortarlos a menos de la mitad y llevarlos desde el principio, durante 20 años, hasta el momento en que entrego El olvido que seremos.

En Francia, en Inglaterra, en España, es común que los escritores publiquen sus diarios. En Colombia muy pocos escritores han publicado los suyos. Yo voy a cometer la impudicia de exponer, desnuda y en carne viva, mi intimidad. También algunos viajes, encuentros, enamoramientos. Recortamos, sobre todo, lo que más se repetía. Corregí algo la redacción, pero no la sustancia. Esta semana entrego esas casi 500 páginas de diarios. Su título es Lo que fue presente y estará en la calle en noviembre. Digo como Pamuk: “Yo te daré honestidad; tú muéstrame compasión”.

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