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Diez minutos con Nadine Gordimer

Juan Gabriel Vásquez

04 de junio de 2010 - 12:06 a. m.

YO SABÍA, PORQUE LO HABÍA LEÍDO en alguna parte, que Nadine Gordimer era una mujer pequeña, pero igual me llevé una sorpresa cuando la conocí.

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En 1991, cuando ganó el premio Nobel de Literatura, Gordimer ya generaba comentarios por el contraste entre su figura y su combatividad; ahora, a sus 86 años, esa incongruencia aparente se ha hecho más intensa, o quizá más visible. Estaba sentada en uno de esos sillones cuadrados sin espaldar ni apoyabrazos, y allí, con su metro y medio de estatura, con su delgadez que se convierte en elegancia, parecía perdida en medio de un cojín demasiado grande: una abuelita olvidada en una estación de tren. Hasta que comenzó a hablar, y en los diez minutos de nuestra conversación le dio un nuevo significado a lo que uno entiende por opiniones contundentes.

 Había llegado a Gales para pronunciar una conferencia sobre la literatura y la imagen y para acompañar el nacimiento de su último libro: una recopilación de ensayos que se publicó bajo el título intraducible de Telling Times. (El título quiere decir “Tiempos reveladores”, pero al mismo tiempo sugiere la actividad de contar los tiempos, las épocas que uno vive. No sé cómo se las arreglará el traductor cuando el libro salga, si es que sale, en español). El libro, en su edición inglesa, tiene casi 750 páginas —el mero tamaño ya choca con el de la persona que lo escribió— de memorias y conferencias y cartas privadas y aguda crítica literaria; en palabras del editor responsable, el gran Bill Swainson, es “lo más cerca que estará Nadine Gordimer de escribir una autobiografía”. Y ahora, después de haber recorrido buena parte del libro un poco al azar, de haberme perdido en sus zigzagueos y en sus obsesiones, me parece que los lectores de Nadine Gordimer no podíamos esperar mejor cosa.

En el libro está todo, desde la niñez surafricana de Gordimer —un padre que llegó a Sudáfrica desde un pueblo ruso, una madre que nació y creció en Londres— hasta sus opiniones sobre escritores como Conrad, Hemingway o Coetzee. En el medio uno se encuentra con elocuentes defensas de Salman Rushdie y valientes ataques contra la censura, brutales informes sobre la vida bajo el Apartheid y exploraciones intensas de la relación entre los escritores y la política. Medio siglo en la vida de una escritora tan curiosa como corajuda: el resultado es un espectáculo que hay que ver.

Pero yo quería contarles de esos diez minutos, esa conversación demasiado breve que tuve con una de las grandes intérpretes de este tiempo que nos tocó. Y una de las menos dadas a la conversación trivial: en tan poco tiempo llegamos a hablar de su última visita a Cuba, de las cosas buenas y las cosas malas que había visto, de la ridiculez del embargo norteamericano; de la lectura de libros en la era del libro electrónico, y de un país, Sudáfrica, donde muchísima gente ni siquiera tiene un celular; de García Márquez, como era inevitable, y de una frase de él que ella suele citar así: “Lo mejor que puede hacer un escritor por la revolución es escribir tan bien como pueda”. Nadine Gordimer va al grano: eso es lo primero que uno nota. A su edad, me dijo, uno pierde la paciencia. No me dijo lo que era obvio: que no la pierde por intransigencia o por obcecación, sino porque sabe que los años no le alcanzarán para decir lo suyo.

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