Por: Julio César Londoño

Dios insiste

Hace unos años Arcadia entrevistó a varios ateos colombianos, intelectuales prominentes, y les preguntó si respetaban a los creyentes. Uno de ellos, escritor, contestó: “Los respeto mucho. Mi mamá, por ejemplo, es creyente, ¿cómo burlarme de sus creencias?”. La respuesta es tierna pero equivocada. Evidencia que, como pensador, el señor era buen hijo. Es obvio que uno ama y respeta a los padres no por piadosos sino por padres. La verdad es que los ateos odian a los creyentes; o en el mejor de los casos, sentimos por ellos una compasión infinita: las creencias religiosas afectan de manera fatal la inteligencia de las personas por la sencilla razón de que es imposible razonar bien dentro de un marco dogmático. Aceptamos que han existido genios creyentes… gracias a que separan sus creencias de sus investigaciones. Cuando entran al laboratorio, le dicen a Jehová que espere afuera.

Y estamos bien correspondidos. Los creyentes nos odian, o nos compadecen, porque somos incapaces de leer, en el elocuente alfabeto de las maravillas naturales, las mil y una pruebas de la existencia de Dios.

Podemos palpar este odio en la manera como nos calentamos en las discusiones teológicas. He visto al mismísimo Richard Dawkins muy alterado en un debate con el cardenal George Pell, un viejito inteligente y socarrón. Finalmente Dawkins salió bien librado, no solo por su erudición y experiencia (ateo profesional, vive de hacer debates en televisión contra los teólogos más iluminados del mundo) sino porque defender a Dios, tan soberbio, contra la ciencia, tan humilde, es una tarea muy difícil, sobre si todo si tenemos en cuenta que la soberbia es un pecado capital y la humildad una virtud teologal. Y demostrar que tu Dios es más verdadero o más poderoso que otros dioses es imposible. Alá y Shiva no están pintados en la pared. Ni Satán, que parece estar al mando si nos atenemos a las noticias de los diarios.

La discusión entre ateos y creyentes no va para ningún lado porque son sectas de universos paralelos, y solo se cruzan por instantes para embromarse mutuamente. Los ateos preguntan cómo pudo una potencia omnisapiente crear una cosa tan retorcida como el homo sapiens. Y el creyente nos embroma, como Pell a Dawkins, pidiendo que le expliquemos cómo fue que el Bigbang sacó de la nada el universo (tronco de milagro, aquí y donde lo pongan).

Y ahora, la gran paradoja: las reflexiones más piadosas y ecuménicas salen de bocas heréticas. La mejor oración jamás escrita es de Carl Sagan: “Todos los átomos de nuestro cuerpo (el hierro de la sangre, el calcio de los huesos, el carbono del cerebro) se formaron hace miles de millones de años en estrellas gigantes rojas. Somos, pues, polvo de estrellas que piensa sobre las estrellas”. Y la herejía más humilde es de un filósofo rumano. Ciorán confesó un día: “No creo en Dios porque no he recibido la gracia de la fe”. (La fe, como nadie ignora, es lo que nos permite creer en lo que no creemos). Y otro día formuló el postulado cero de la geometría teológica: “Solo podemos meditar sobre Dios mirándolo desde arriba. Desde abajo solo podemos adorarlo”.

¿Por qué el creyente no me deja arder tranquilo en mi infierno? ¿Por qué no lo dejo yo bostezar eternamente en su cielo? Quizá discutimos porque no estamos muy seguros de nuestras verdades. O porque sospechamos que la verdad es una sola y morimos por encontrarla. O porque, sabios, amamos el disenso sobre todas las cosas. O porque, a pesar de la secularización del mundo, las políticas públicas no pueden chocar frontalmente con las creencias de los pueblos y es urgente tirar puentes entre los hombres.

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