Por: José Fernando Isaza

Disonancias

Se le atribuye a Einstein la frase: es estúpido pensar que se obtendrán resultados diferentes cuando se realizan los mismos procedimientos. En un foro sobre corrupción, los candidatos presidenciales, todos a una, prometieron luchar contra esta práctica. Podría pensarse que para hacer realidad este compromiso iban a depurar las listas para el Congreso que los respaldan. No ocurrió así. Entre los candidatos al Congreso están los mismos que con sus procederes delictivos han contribuido a perpetuar la corrupción. En los pocos casos en que la justicia ha sancionado penalmente a algún cacique por faltas gravísimas y recurrentes contra el erario, estos personajes han sido reemplazados por sus familiares más cercanos.

La respuesta a la pregunta “¿por qué hay tantos corruptos en el Congreso, en los concejos municipales y en las asambleas departamentales?” es: porque han sido elegidos por el voto popular. No son impuestos por algún golpe de Estado y no parece que hayan tenido que recurrir masivamente al fraude electoral.

Están en sus posiciones enriqueciéndose con el dinero de los que pagan impuestos, porque los hemos elegido. Una simple solución para depurar los llamados cuerpos colegiales es no votar por las familias de quienes se han apropiado para su beneficio del patrimonio público.

El insoportable nivel de corrupción ejerce presión para decretar nuevas reformas tributarias y para proponer dolorosas reformas al régimen pensional. Sin desconocer la necesidad de ajustar el sistema, las propuestas no van en la dirección de aumentar la cobertura de quienes llegados a la tercera edad puedan disfrutar de una vejez digna; se orientan al aumento de las cotizaciones, de la edad pensional, del número de semanas cotizadas, a gravar las pensiones de más de dos salarios mínimos, con la discutible hipótesis de que una mesada de $1’600.000 ya hace rico a un jubilado.

Para ir ambientando la próxima reforma tributaria se aducen argumentos del siguiente tenor. La tributación de las personas naturales en Colombia es muy baja comparada con los países de la OCDE. Esto a primera vista es cierto, pero en los países con mayor carga tributaria el ciudadano tiene acceso a la salud y a una pensión digna; sus hijos, a la educación de calidad y gratuita, al disfrute de la naturaleza y al respeto por su vida y su integridad.

Se afirma que la próxima reforma incrementará los impuestos a los asalariados y no a las empresas, pues estas tienen niveles tan altos que no les permiten competir. Nominalmente, esto es cierto, pero en realidad la tasa de tributación del sector productivo como porcentaje de su utilidad no supera el 12 % de las tasas nominales del 40 % o más y la pagan las empresas que no pueden hacer uso de los múltiples artificios para eludir la tributación, como son las zonas francas uniempresariales, que producen para el mercado interno y no para exportar; los acuerdos de estabilidad tributaria, las múltiples deducciones, etc.

Una real y efectiva lucha contra la corrupción y contra la evasión de impuestos tiene efectos más significativos en las finanzas públicas que golpear más a la clase media y alejar de ella la posibilidad de tener un ingreso digno en su vejez.

Son disonantes las propuestas que mantiene una clase política que se adueñó del Estado y a la vez pretende mayores sacrificios para quienes, a su pesar, sostienen a sus corruptos representantes.

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