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Dos hombres llamados Jacques

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Juan Carlos Botero
22 de noviembre de 2008 - 01:33 a. m.
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DOS HOMBRES LLAMADOS JACQUES han muerto en este mes de noviembre. Tenían nacionalidades, ocupaciones y méritos diferentes, pero ambos hicieron proezas dignas de resaltar, y dignas de recordar.

Jacques Piccard nació en Bruselas en 1922, y pertenecía a una familia de exploradores. Su padre, el célebre Auguste Piccard, fue el primer hombre que alcanzó la estratosfera en un globo. Por su lado, Jacques hizo algo que nadie ha podido emular hasta el sol de hoy: alcanzó la mayor profundidad de los océanos. Es decir, esta familia tocó los extremos de nuestro planeta: el lugar más alto y el fondo más remoto, el padre volando y su hijo cayendo en las oscuridades del océano.

En efecto, el 23 de enero de 1960, acompañando por el teniente de la marina norteamericana Don Walsh, Jacques ingresó en el batiscafo que él diseñó con su padre, bautizado Trieste, para descender al abismo Challenger, en la Fosa de las Islas Marianas del océano Pacífico. Bajaron 10.912 metros: casi 11 kilómetros. Nadie lo había hecho hasta entonces, y nadie lo ha podido repetir. Para entender la dificultad de esa hazaña, basta saber que allí se podría hundir 25 veces el edificio Empire State de Nueva York, o toda la montaña del Everest, y todavía sobrarían dos kilómetros de agua.

Había que tener mucha sangre fría para aceptar ese reto. Un submarino nuclear moderno no puede descender más de 600 metros sin hacerse papilla, y todavía faltarían más de 10.000 metros para llegar al fondo que alcanzó Piccard en 1960. El problema es el peso del agua. Cuanta más agua existe sobre un cuerpo, más peso hay sobre el mismo, o sea, hay más presión. Y la hondura del abismo Challenger es tanta, que la presión equivale al peso de un automóvil sobre cada seis centímetros cuadrados de superficie. Una sola gota de agua, de ingresar en el batiscafo, cortaría a una persona en dos como un láser. Durante cinco horas Piccard y Walsh descendieron hasta tocar el fondo del océano, y entonces hicieron un descubrimiento que llevó a replantear nuestro concepto del planeta: había vida marina en ese lugar tan oscuro. Y mucha. Descubrieron especies de aspecto insólito y que jamás han visto el sol. En suma, gracias a la curiosidad y al valor de Jacques Piccard, creció nuestro conocimiento del mundo, y por eso le debemos nuestra eterna gratitud.

Sin embargo, este mes de noviembre fue mortal para otro Jacques, un investigador igual de tenaz que Piccard, aunque su medio no era tan peligroso. Jacques Gilard nació en Francia, en el pueblo de Launac, y fue un amigo incondicional de Colombia. Profesor de la Universidad de Toulouse, su campo de trabajo eran las letras, y era una autoridad en el grupo de Barranquilla y en la obra de Marvel Moreno, y tradujo la única novela de José Asunción Silva, De sobremesa. Pero quizá su mayor hazaña fue realizar una faena tan colosal como la de Piccard: rescató toda la obra periodística que García Márquez escribió durante 12 años decisivos de su formación literaria. Gilard comenzó en los años ochenta, y la editorial Bruguera publicó su trabajo en cuatro tomos esenciales. Gracias a la paciencia del francés, a su profesionalismo y a su amor por Colombia, podemos leer todo lo que nuestro Nobel escribió entre mayo de 1948 y mayo de 1960, y así podemos comprobar la hondura de su talento, el alcance de su genio, y la evolución de su estilo, con sus temas predilectos, sus lecturas y sus peleas a muerte con sus maestros literarios. La literatura nacional le debe mucho a Gilard. Otro Jacques que este mes de noviembre se ha llevado para siempre.

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