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Dos padres, dos putas, dos hijos

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Armando Montenegro
24 de octubre de 2010 - 01:00 a. m.
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LA PRIMERA ATENDIÓ EN GINEBRA A un tímido muchacho argentino de diecinueve años que llegó al burdel a instancias de Jorge Guillermo Borges, quien consideró que ya era hora de que su hijo se graduara en las cosas de los hombres. Los horrores de ese encuentro, que siempre consideró sucio y degradante, con alguien quien él sospechaba había estado con su padre, dejaron heridas que nunca cicatrizaron y que sus biógrafos se esmeran en desenterrar de sus escritos.

Las consecuencias del evento ginebrino fueron duraderas. Su reconocido biógrafo, Edwin Williams, sostiene que Borges vivió presa del pánico por el sexo. Sobre sus temores e inhibiciones, originados o profundizados en el burdel de Ginebra, que probablemente le impidieron ser y escribir del amante que tal vez quiso ser, dice uno de sus versos: “Yo que he sido todos los hombres no he sido aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach” (ella es la heroína de una novelita de amor).

Bioy Casares, su amigo de toda su vida, no dejó dudas: “Para Borges el sexo es sucio. Por mucho tiempo me dejé engañar, porque entendía que lo excluía, en literatura, por ser un expediente fácil, socorrido y un poco necio. No; esa burla oculta, con alguna vergüenza de que lo tomen por mojigato, un violento rechazo. La obscenidad le parece una culpa atroz: puta no es la mujer que cobra, sino la que se acuesta”.

Años después, otra ramera, en un cálido burdel del trópico colombiano, recibió a otro adolescente que llegó allí de la mano del antiguo telegrafista, Gabriel Eligio García. El biógrafo Gerald Martin sostiene que el impacto de este encuentro en la vida y obra de Gabriel García Márquez también sería profundo.

Martin piensa que esto quedó retratado en Historia de mis putas tristes, donde, al final, Mustio Collado recuerda que a los once años se inició en un prostíbulo y que, de allí en adelante, su vida afectiva giró alrededor del amor pagado. Es más, la figura de una redentora relación con una adolescente virgen, que se repite en algunas de las obras de García Márquez, no sería sino el sueño, la fantasía, de un nuevo comienzo, limpio, con alguien “sin mancha”.

El biógrafo da otra clave. Dice que está en El otoño del patriarca, un libro que el propio autor considera “totalmente autobiográfico”. El dictador también tiene su primera experiencia con una prostituta y ama a una colegiala virgen, Lolita (como la de Nabokov), a quien sólo posee al final de su vida.

Martin nos hace pensar que los primeros traumas llevaron al Nobel a describir el amor, en el Patriarca y todas sus obras, como algo “curiosamente brutal y desencantado”. Y anota que sus personajes son incapaces de amar o de establecer relaciones cercanas con las mujeres.

Coincidencias curiosas. Dos adolescentes, más tarde grandes escritores, encontraron parte de su diverso destino en la compañía de prostitutas, a quienes conocieron de la mano de sus padres, que oficiaban, según sus peculiares creencias, costumbres y deberes, un rito de iniciación. Sus biógrafos ingleses, ambos influidos por el psicoanálisis, nos dicen que esas relaciones marcaron la vida de sus autores y dejaron rastros indelebles en sus obras. Los psicoanalistas, menos simplistas, podrían sostener que esas dos mujeres sólo sacaron a flote lo que ya estaba allí, sembrado desde la infancia en la mente de esos personajes.

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