Por estos días, aunque no lo quisiéramos, se va volviendo necesario hacer público nuestro voto. No hay manera de callar en medio de este ambiente contradictorio de esperanza y miedo. Cuando hablamos de algún candidato o candidata debemos tomar posiciones y, por tanto, tras nuestros argumentos se vislumbrará nuestro voto. Además, ante la posibilidad de que las elecciones nos den la oportunidad de ser gobernados por gente que no ha tenido esa posibilidad se vuelve inminente opinar y tratar de influir en quienes no han decidido por quién votar. No sería la primera vez que gane la izquierda. Sí, Gustavo Petro fue alcalde de Bogotá, pero no es lo mismo administrar una ciudad, que gobernar un país y estamos en mora histórica de salir a votar masivamente para que ese cambio suceda. (¿Aún tiene dudas sobre su candidato presidencial? Consulte nuestra aplicación Match presidencial para decidir a partir de sus argumentos)
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Me voy con Petro, porque estoy segura de que no hay otro candidato con ese talante de estadista y con un inmenso conocimiento de Colombia y mucho menos otro candidato con su trayectoria que tenga en sus cimientos como congresista una tarea de denuncia permanente de la corrupción y los atropellos a derechos humanos. Es un candidato que reúne el conocimiento pleno de cómo funciona la criminalidad colombiana y que tiene la fuerza para pararse de frente sin titubear a los que creen que son dueños eternos de este país y de sus recursos públicos. Con Petro y Francia estoy convencida de que se podrán realizar los pactos sociales, culturales y económicos que nos retornen por el camino de la paz, que favorezcan a quienes de verdad más lo necesitan y hagan que las políticas públicas sean un ejercicio para la inclusión de todas las diversidades. (Lea otra columna de Alejandra Jaramillo sobre la polémica del “borramiento del yo” en la academia).
Debemos revertir esa decisión de muchos colombianos y colombianas que hace cuatro años, apoyando a Duque o votando en blanco, llevaron al poder a este catastrófico gobierno. Un gobierno que para empezar quiso hacer trizas el proceso de paz y lo ha entorpecido hasta dejarlo casi en las últimas. Un gobierno que ha convertido los entes de control en instituciones de bolsillo del presidente, lo que se traduce en un atropello brutal contra la democracia que a la derecha de este país cada vez le importa menos. Debemos revertir esa fatídica decisión y darle la oportunidad a un gobierno de Petro y Francia que seguro vendrán para construir opciones pensadas para la vida y no para la guerra.
Sé también, y eso ya lo vi durante la gestión que hizo Petro en la alcaldía, que tantas personas vieron con malos ojos, que la inversión social que Gustavo Petro realizará para Colombia no tendrá precedentes. Como sucedió en Bogotá, los recursos públicos irán a favorecer a la ciudadanía empobrecida y sin oportunidades y a generar procesos de revitalización económica que al final nos favorecerán a todos los demás. Y claro, los que se lucran de los recursos públicos, esos corruptos que licitan con el Estado para favorecerse ellos mismos y a quienes hacen las leyes para favorecer esos intereses económicos que impiden la llegada de los recursos a las comunidades donde más se necesitan, les parecerá muy mal y trataran de hacernos creer que es desgobierno. Y pese a ellos veremos una inversión social que sí podrá ayudar a mucha gente a iniciar y fortalecer proyectos económicos de larga duración. Una inversión social que abogará por el derecho a la educación y la salud, que se enfocaría en mejorar la infraestructura para zonas marginadas, en lo local y lo rural. Una apuesta social que podrían por fin empezar a sacar a Colombia de los aterradores índices de pobreza que se han permitido mantener sus anteriores gobernantes.
Creo que le vendría bien a nuestro país un presidente y una vicepresidenta que representen la voz de los que nunca han tenido voz, que trabajen por consolidar la paz que en el plebiscito fue apoyada masivamente en las regiones en guerra mientras que en las grandes ciudades obtuvo un no vergonzoso. En manos del pacto histórico, en cabeza de Petro y Francia daríamos, por fin, un pequeño paso al costado para rectificar el camino hacia la paz y a la justicia social. Quizás no sea mucho lo que pueden hacer Gustavo Petro y Francia Márquez, pero lo poco que hagan será una base fundamental para el desarrollo de nuestro país, y también para que los y las ciudadanos descubran que ser oposición puede ser una opción de gobierno y que en esa posibilidad se basa la democracia.
El problema querido Gustavo y querida Francia, es que el camino que ustedes quieren hacer, la construcción de los acuerdos sociales, económicos y políticos que nuestro país requiere necesita dos acciones fundamentales de parte de ustedes. En primer lugar, que promuevan el trabajo en equipo. Un trabajo colaborativo que sepa cuestionar y disminuir los autoritarismos, que las personas que rodean la presidencia y la vicepresidencia reconozcan una forma de gobernar plural, dialogante, que se dejen guiar por el mandato de la equidad, de la justicia social, de la legalidad. Porque fortalecer el Estado colombiano necesita un trabajo a muchas manos, de hombres y mujeres capaces, deliberantes y libres. Gustavo y Francia, deben considerar en el trabajo en equipo la alta importancia que tiene construir formas claras de tomar decisiones. Usted, querido Gustavo Petro nos ha dado ya señales de qué en esta campaña está dispuesto a esa actitud colaborativa. Hoy en día, viendo la labor tan importante de cohesión que ha realizado en el Pacto Histórico, confío más en que usted está en condiciones de gobernar sin defraudar a sus coequiperos.
Y, en segundo lugar, la tarea más difícil de todas. Iniciar la revolución más importante que podrá ver el capitalismo; el crecimiento de una conciencia filantrópica que se funde en disminuir el deseo de consumo y privilegiar la vida sin miedo, la vida en paz. Si, cómo el vivir sabroso que promueve Francia. Una vida que se piensa más en el ser que en el tener. Y aunque estas ideas pueden parecer retóricas, algo que el gobierno no puede transformar, estoy convencida de que los grandes cambios culturales surgen de oportunidades como la que ahora tenemos. Que en manos de ustedes estará crear políticas culturales que nos saquen de esa lógica que hasta ahora prima en Colombia: sálvese el que pueda, todo vale y no de papaya. Les pido que, aunque ser gobierno los lleve a morar en esa cárcel confusa que es el poder, sepan mantener una actitud austera en el gobernar y en la vida diaria, haciéndole entender a cada ciudadano y ciudadana que el sentido de la vida no es tener más sino ser diferentes. Cuestionar dónde van y por qué se acumulan los recursos, pero no para ambicionar su obtención, no para cambiar de manos la acumulación que tanto daño nos hace, no, para buscar políticas redistributivas y sueños personales que le quien valor a la idea del éxito consumista.
Comprométanse a trabajar en una formación política no maquiavélica, a consolidar un pensamiento que le de más valor a la vida, a reconocer el amor hacia el desconocido, hacia el otro que nunca he visto, que se merece las mismas oportunidades que yo. Claro, hablo desde mi privilegio, y desde ahí pienso que el único acto político de verdadero valor es la búsqueda de democratizar las oportunidades. Está en manos de ustedes crear una política cultural que transforme la concepción egoísta, la visión individualista y corrupta en la que nos han formado desde la llegada de los españoles a este territorio. Está en manos de ustedes y sus equipos de gobierno, en ese trabajo concienzudo, cuidadoso de entender el sentido de la vida. En ese vivir sabroso que es vivir sin miedo y no vivir lleno de cosas y de compras. Convencer a la ciudadanía colombiana de que el camino no es el enriquecimiento rápido, de que no tiene sentido vivir para un tener que nos vacía como seres humanos. Romper el engaño que nos vuelve esclavos de este sistema: creer que todos podemos ser ricos y soñar con serlo. No, los recursos son finitos y sólo repartiéndolos mejor podremos disminuir la exclusión y la falta de oportunidades. No pierdan de vista, ante los apremios de gobernar, que, a la cultura del arribismo, la plata fácil, el extractivismo es necesario minarla desde una nueva comprensión de lo político, desde un nuevo sistema de valores. No dejen de promover en sus vidas, en las de sus coequiperos y en las de la ciudadanía que gobernarán, un pensamiento altruista, un sueño de vida austero y una conciencia que nos exija tener como rector de vida el bienestar de aquellos seres que no conocemos. Una política del amor, sí, pero no para ganar las elecciones, sino para gobernar a todas y todos los colombianos.
Aquí puede conocer otras propuestas de los candidatos:
* Alejandra Jaramillo Morales es una escritora bogotana. Ha publicado cuatro novelas, La ciudad sitiada (2006), Acaso la muerte (2010), Magnolias para una infiel (2017) y Mandala (2017) un proyecto de escritura digital, una novela construida para ser leída de múltiples maneras. Tres libros de cuentos, Variaciones sobre un tema inasible (2009), Sin remitente (2012) y Las grietas (2017), libro ganador del concurso Nacional de novela y cuento de la Cámara de Comercio de Medellín y entre los quince nominados del premio Hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez 2018. Las lectoras, su nueva novela que será publicada en el año 2021 es su primera incursión en la novela histórica. Ha publicado dos novelas para adolescentes con el sello Loqueleo; Martina y la carta del monje Yukio (2015) y El canto del manatí (2019). Ha publicado numerosos artículos sobre literatura y cultura y tres libros de crítica literaria y cultural, entre ellos Nación y Melancolía: narrativas de la violencia en Colombia (2006) y Disidencias, trece ensayos para una arqueología del conocimiento en la literatura latinoamericana del siglo XX (2013).