Por: Arturo Guerrero

Dos teoremas para nuestra historia

¿Por qué no se ha hundido Colombia, como se hundió Venezuela? Claro, no se trata de afirmar que Colombia es la Arcadia griega, el país feliz de pastores cantado por el romanticismo. Para comprender el significado de “hundirse”, basta atisbar hacia el país vecino y darse cuenta de la debacle de los panas.

Pues bien, la sangrienta Colombia, la injusta Colombia, la socialmente desigual Colombia, la corrupta Colombia, nunca ha llegado al grado de desespero de varios países considerados fallidos. Aquí no hay escasez de arroz en las tiendas ni tiranos que logren reelegirse tres veces ni filas de gente joven cargada de morrales hacia el exterior. Aquí todavía rigen los tres poderes de la democracia, en un equilibrio precario, pero equilibrio.

Para eso sirve el espejo de Venezuela, para saber lo que no somos. Para experimentar en frontera propia las aberraciones que no nos han acaecido. Y para preguntarnos por qué no hemos caído al fondo tras una historia de barbarie, guerras y despojos.  

El cáustico Gardeazábal, escritor cedulado como Gustavo Álvarez Gardeazábal, en entrevista del 21 de octubre pasado con el Diario de Occidente, echó al aire el siguiente teorema: “Este país nunca estará a la deriva porque tiene una brújula que lo ha hecho escapar de todos los abismos, parece que tiene esos conductores que están ahora sacando Tesla y Google: carros sin chofer”.

Las brújulas, antes de marcar el norte, oscilan por instantes entre occidente y oriente hasta por fin acertar. Es un trabajo de equilibrio, de suspenso entre extremos que intentan en vano engolosinarlas. Los carros sin chofer, soñados por el magnate gringo de origen sudafricano Elon Musk, director general de Tesla Motors, deben asimismo sortear con finura los innumerables atolladeros y abismos del camino.  

Colombia, según el teorema de Gardeazábal, habría sido dotada por los dioses de brújula y conductor elegido. Dadas estas gracias, hemos navegado entre monstruos y escollos sin zozobrar a merced de olas, vientos o corrientes. Un secreto instinto guiaría al país hacia buen puerto.

Quizás este procedimiento inconsciente es el responsable del calificativo de país conservador, que en cada comicio electoral reflota. El hecho es que en vez de dictadura tuvimos la dictablanda de Rojas Pinilla. La regla fiscal se ha cumplido más fielmente que el período femenino. De ahí que ignoremos lo que es un corralito, como el padecido por los argentinos.

Las mil y una guerrillas, con sus mil y una siglas, atrajeron en contraste las mil y una bandas paramilitares, lo mismo que los mil y un millones de dólares para los aviones militares.

Y lo que es más increíble, no ha surgido el presidente de la República que logre descuadernar este platanal. Lo anterior, a pesar del segundo teorema de hoy, formulado en El Espectador del 8 de septiembre anterior por el columnista Antonio Caballero, recientemente consagrado a la historia: “Lo que distingue a los gobernantes de Colombia es que cada uno es peor que el anterior”.  

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