Por: Santiago Montenegro

Dos visiones para Colombia

Dada su importancia, el debate político ha estado guiado hasta ahora por las posiciones que se tienen sobre la implementación de los acuerdos de La Habana, pero hay otras dimensiones a las que debemos prestarles atención.

La primera dimensión es la concepción de la sociedad. Por un lado, están los que entienden la sociedad como una comunidad de ciudadanos con derechos y obligaciones, todos compartiendo un destino común y todos trabajando por el bien común, en medio de su diversidad. La visión alternativa concibe la sociedad como una serie de fragmentos o identidades, en lucha unos con otros y, en ese sentido, la ciudadanía es algo secundario o pasado de moda. Mientras los marxistas y los fascistas plantearon esta división como una lucha entre clases sociales de capitalistas y el proletariado, o entre el pueblo y la élite, el populismo contemporáneo la plantea como una pelea entre los originarios y los inmigrantes, los blancos y los de piel diferente, entre los españoles y los catalanes, los cristianos y los musulmanes, centralistas y regionalistas. En un artículo en el New York Times, el profesor de la Universidad de Columbia Mark Lilla responsabilizó a la misma Hillary Clinton por su derrota, precisamente por haber basado su campaña, no en una visión positiva de ciudadanía en donde cabían todos los norteamericanos, sino en una alianza de identidades de negros, latinos, gais, entre otros sectores. Esta estrategia asustó a una gran identidad de blancos de origen anglosajón y así terminó elegido el más populista de todos, Donald Trump.

La segunda dimensión a tener en cuenta es la economía. Para los marxistas, los fascistas y buena parte de la izquierda contemporánea, la economía es un juego de suma cero, de forma tal que si alguien aumenta su ingreso es porque se lo quita a otro. O es como una torta, si alguien come, otro tiene que dejar de comer. Por eso, argumentan, la economía debe estar en manos del Estado, para que distribuya la riqueza “justamente”. Por el contrario, para los defensores de la economía de mercado, esta es necesaria, no sólo para la defensa general de la libertad, sino también para incrementar la riqueza de la sociedad en su conjunto. Así, con la iniciativa individual, la economía es un juego de suma positiva, en la que ganan todos, los empresarios y los trabajadores, y el Estado juega un papel importante como regulador. Pese a la irrefutable evidencia histórica, hay quienes aún creen que el modelo económico a seguir debe ser el mismo de Joseph Stalin, Fidel Castro o Hugo Chávez.

La tercera dimensión es la globalización. Usualmente, los mismos que creen en la política de la identidad y la economía estatal, odian la globalización y sueñan con un idílico pasado, tribal, alejado de un mundo que ven como fuente de competencia, enfermedades e ideas peligrosas. La visión alternativa reconoce que con la globalización se ha perdido soberanía, pero también es fuente de oportunidades casi infinitas en ideas, innovación, comercio y modernidad.

De esta forma, el debate político deberá también definirse entre quienes creen, por una lado, en la ciudadanía para el bien común, la economía de mercado y la apertura al mundo. Y, por el otro, entre quienes hacen política con la lucha de clases, la economía estatal y con un país de espaldas al mundo.

 

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