30 May 2021 - 3:00 a. m.

Duelo en pandemia

Rodrigo Uprimny

Columnista

Mi hermano Esteban, a quien llamábamos Piti, murió en Austria esta semana por COVID-19.

Su muerte es muy dolorosa no sólo porque Piti se hacía querer profundamente, sino además porque estaba viviendo una vejez hermosa.

Tenía 71 años y los achaques normales que vienen con la vejez; caminaba “lerdo, como perdonando el viento”, recordando los versos de Mi viejo, de Piero. Pero estaba físicamente bien: jugaba tenis alocadamente y derrotaba a todos sus hijos y sobrinos en ping pong. Siempre fue un gran deportista, competente y competitivo. A pesar de que se graduó hace décadas, hoy muchos exalumnos del Liceo Francés lo recuerdan aún como uno de los mejores basquetbolistas de ese colegio. Aunque era de baja estatura, lograba derrotar a los gigantes de los otros colegios por el coraje que le ponía al deporte.

Ese coraje (o perrenque, como solía decir) lo demostró además en todas las cosas en la vida. Piti enfrentó momentos muy difíciles, como el fracaso de varios de sus proyectos laborales. Pero asimilaba los golpes y se recuperaba para abordar nuevas empresas, con entusiasmo y con su inmensa capacidad de trabajo.

Aprendí muchas cosas de Piti, imposibles de expresar en una columna; me concentro en tres que me marcaron. Primero, su admirable capacidad para reinventarse frente a la adversidad, que mantuvo toda su vida. Segundo, su rebeldía juvenil, que me mostró nuevos mundos cuando yo era adolescente. Con Piti conocí el rock y a Marx y aprendí la indignación frente a la injusticia. Luego su rebeldía se marchitó un poco, aunque a veces florecía hermosamente, pero me la dejó de herencia. Finalmente y sobre todo, Piti fue uno de mis maestros en alegría y tomadera del pelo. Así como era un trabajador intenso, tenía un gran talento para bromear y para la fiesta: destilaba felicidad a su alrededor pues sabía que, a pesar de los dolores del mundo, no debíamos sucumbir a la tristeza. Yo era entonces un niño en exceso serio, pero personas como Piti me enseñaron que la alegría y el humor son esenciales para una buena vida y que son compatibles con la seriedad en los compromisos.

A mi hermano Piti le quedaban muchos años de buena vida pues gozaba de salud y compartía, con la sabiduría que a veces viene con los años, bellos momentos con sus hijos, nietos y sobrinos. Pero la pandemia se lo llevó y en forma trágica, pues los síntomas de COVID-19 se manifestaron casi al momento de ser vacunado. Aunque recibió excelente atención médica, me da rabia la lentitud de la vacunación en países con grandes capacidades como los europeos. Un poco más de eficiencia y mi hermano estaría vivo. Y me enfurece aún más que esos países aún se opongan a que la oferta global de vacunas aumente, por su incomprensible y nefasto rechazo al waiver sobre patentes, lo cual llevará a millones de muertes en el mundo semejantes a las de mi hermano: muertes prevenibles con un mejor manejo de la pandemia y una cooperación global más solidaria para enfrentarla.

Imagino y expreso mi solidaridad con el sufrimiento que enfrentan diariamente 500 familias colombianas por estas muertes evitables, incluso en circunstancias aún más dolorosas por el colapso de nuestro sistema de salud y la inaceptable lentitud de nuestra vacunación.

Esta pandemia obstaculiza los abrazos físicos, tan necesarios en estos momentos. Esto es duro. Pero en la familia hemos recibido innumerables mensajes de solidaridad, algunos compartiendo bellos momentos de mi hermano. Los agradecemos pues reconfortan y nos permiten cosechar recuerdos, a fin de que la ausencia de mi hermano, hoy tan dolorosa, pueda volverse algún día una presencia, siempre nostálgica, pero serena y protectora. Esta pandemia no puede arrebatarnos nuestra humanidad.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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